En la noche

Hace mucho tiempo ya que todos los gatos son pardos, aunque yo no soy consciente de ello.

De pronto, un aullido feroz me devuelve a la vida y ya solo existe para mí esa ambulancia que se aleja veloz hacia el hospital. Pienso entonces que esa sirena es un signo de vida, un signo de esperanza; ¿para qué si no, si el enfermo ya fuera un cadáver?

Y me alegro por él, o por ella, y también por mí, que, ahora, soy consciente de eso, de que estoy viva. Y cierro lo ojos otra vez, para soñar contigo.

Así empezó todo

Yo caminaba solo por la calle y tú salías de un portal. La calle estaba desierta y yo llevaba tiempo acostumbrándome al eco de mis pasos solitarios y a la luz mortecina de las farolas. Mi propia vida, pensé. Seguí mi camino -yo creía que era un camino, pero en realidad, caminaba sin rumbo, o, precisamente, caminaba intentando no seguir un camino-. Apenas me di cuenta de que tú salías del cobijo de un portal a la intemperie.

Un tiempo más tarde, la escena, más o menos, se repitió. La intemperie tiene su atractivo para quien vive inmerso en la tranquilidad que da un techo, y yo… yo era Ulises luchando con denodado esfuerzo contra el canto de las sirenas.

Sin embargo, poco a poco, fui buscando tu presencia en la calle desierta, me sentía bien al reconocer tu sombra cerca de la mía. Me di cuenta de que yo lloraba en soledad, pero no podía sonreír si no era con alguien, y empecé a imaginar que tú me mirabas y yo sonreía.

De pronto, un día, te pusiste frente a mí y me dijiste:

-¿Tomamos un café?

Y así empezó todo.

                                                                               (De “Las Memorias de Ismael Blanco”)