Escenas II

Por lo visto, el hombre llevaba ya unos minutos en el suelo, en la calle, cuando alguien decidió que aquello era tarea de la Policía Municipal. Por lo visto, no era la primera vez, de modo que nadie había pensado que se tratara de un infarto, o de un intento de homicidio, o, lo más simple, de un tropezón al descuido seguido de un mal golpe en la cabeza. Por lo que dijo la Policía cuando le trajeron a Urgencias, el hombre era un viejo conocido –joven por edad, unos 40 ó 45 años, pero conocido desde hacía tiempo porque, cada vez con mayor frecuencia, se empeñaba en dibujar con tinta de alcohol un círculo vicioso, nunca mejor dicho, del que, como de todos los círculos, es imposible salir-.

El hombre caminaba torpemente, pero por su propio pie, custodiado por los dos policías, uno a cada lado, como si fueran los diques que iban a impedir su desbordamiento, según se balanceaba con las piernas abiertas y poniendo los cinco sentidos que ya le faltaban en no mover demasiado la cabeza para no caer de nuevo. Se había meado en los pantalones, que aparecían renegridos por la puesta ininterrumpida durante días, y salpicados por la sangre que había dejado de manar  de la ceja derecha. La camisa tenía algunos botones arrancados y también estaba manchada de sangre, de tierra y de restos de bebidas con el olor dulzón del alcohol destilado.

-Lo traemos porque se ha hecho una herida en la cabeza- dijo uno de ellos, como disculpándose con nosotros.

No es frecuente que nos traigan borrachos al Servicio de Urgencias, tan solo nos traen a gente joven, demasiado joven, que bebe ocasionalmente hasta casi perder el sentido; pero, cuando beber demasiado se convierte en una costumbre, cuando los accidentes, las caídas y los escándalos son frecuentes, el bebedor pasa a ser un borracho, y los excesos y las broncas se pasan en casa. Por eso el Policía se disculpaba con nosotros, por romper esa rutina de intimidad familiar.

-Ya hemos avisado a su mujer- y todos nos pusimos a echar una mano para subirle a la camilla y evitar nuevos accidentes.

Cuando acabamos con él, me di cuenta del tremendo contraste que suponía la cura limpia sobre la ceja del hombre, y la frente y la mejilla recién lavados, con aquellas greñas llenas de sangre seca (como se cayó, la sangre corrió hacia el pelo, pensé) y aquella ropa sucia y maloliente. El hombre charlaba soltando incoherencias y bravatas sobre lo bien que manejaba él situaciones como ésta. A la vista estaba lo bien que se manejaba.

Cuando se estaba incorporando, con un movimiento algo rotatorio de cabeza, hasta encontrar el equilibrio, llegaron a buscarle su mujer y su hijo.

-¿Qué te ha pasado, hombre?- Preguntó ella avanzando hasta el hombre, como si necesitara alguna respuesta diferente a la que ya tenía solo con verle. Era delgada, y curtida, con el pelo largo sembrado de canas y recogido en una coleta en la nuca- con un obligado sentido práctico de las cosas, pensé. La gente que no tiene dinero se viste por necesidad, no por estética, no entiende de modas. Las mujeres no se maquillan, ni van a la peluquería. La gente que no tiene dinero no puede ir al dentista, pensé también, cuando me fijé en un hueco de su dentadura-.

-Nada, no me ha pasado naaada- respondió él, barriendo el aire con la mano derecha-. Que me he mareado y me he caído.

-Pero, ¿has visto como estás? –dijo la mujer, sin que sonara a reproche; incluso me pareció que había un tono de súplica o de resignación cuando se acercó para colocarse a su lado, como una muleta bajo su hombro, invitándole a salir con ella.

El hijo permaneció inmóvil, inexpresivo, en la entrada de la sala; quizás por eso me llamó la atención. No tendría más de 12 ó 13 años, y, en lugar de acercarse hasta su padre para ayudarle a salir, siguió quieto y a distancia, como si solo fuera un espectador. Me di cuenta de que, en realidad, no quería mirarnos; ni a los policías, que aún seguían allí, ni a la enfermera, ni a mí; como cuando éramos niños y nos escondíamos con la certeza de que, si nosotros no podíamos ver, tampoco nos verían a nosotros. Solo que él se había convertido en el centro de mi atención, como el primer plano que aparece en una película para mostrarnos a uno de los protagonistas mientras la escena se desarrolla fuera de cámara. Tuve la sensación de verme caer por un pozo oscuro y profundo, al que me empujaba toda la vergüenza que el chico sentía. Vergüenza ajena, pensé; pero la peor de las vergüenzas, la que siente por tener un padre así, cuando debería –necesitaría- estar orgulloso de él. Y vergüenza por tener una madre condescendiente y consentidora, con tal de que no haya bronca, de que él no se enfade y todo siga igual cada día. La expresión del chico me pareció desoladora, culpable, con ese sentimiento de culpa que, con frecuencia, tienen las víctimas; y empezó a ahogarme con un dolor casi físico. El aire de la sala de Urgencias se había vuelto caliente y viciado. Agradecí que la torpeza del borracho al salir mantuviera la puerta abierta unos minutos y pudiera entrar el aire fresco de la calle.

En el ocaso

Escoger el nombre había sido cosa de su madre, o, al menos, así se lo contaron cuando era pequeño, cuando él se dio cuenta de que casi todos los niños tenían un nombre corto y él, en cambio, no. O eso le parecía a él.
Solía llegar corriendo desde la escuela a su casa y le preguntaba a mami por qué sus amigos se llamaban Luis, o Manuel, o Jesús, o Javier, o… y él se llamaba con ese nombre tan largo, tan raro.
Su madre, entonces, dejaba la patata a medio pelar en el cestillo, o la labor de costura sobre la mesa camilla, y posaba sus manos, aquellas manos tan ágiles y delicadas aún, sobre sus pequeños hombros, se colocaba frente a él, con los ojos a la altura de los suyos, y le miraba con tanta ternura como él nunca volvió a ver en otros ojos a lo largo de su vida, ni siquiera en los de ella.
Entonces mami le contaba cosas de cuando su padre y ella eran muy jóvenes y no podían separarse uno del otro, -luego sí, luego papá desapareció de pronto un día y mamá lloró mucho, y muchas, muchas veces después, la vio en la ventana, con la mirada lejos y los ojos aguados-, y le contaba cómo soñaban con tener un hijo, el hijo más querido del mundo, el más deseado, porque ellos se querían tanto y querían tantas cosas buenas para él, que, incluso, habían decidido no ponerle un nombre cualquiera, un nombre vulgar como tantos otros. Su hijo era especial, y su nombre debía serlo también. Su nombre era el nombre de su abuelo paterno, porque papá había venerado a su padre y quería que su hijo heredara con el nombre la dignidad, la fuerza de voluntad y el carácter templado que siempre había admirado en él, y mamá escogió cuidadosamente un segundo nombre, nuevo, limpio de lastres, abierto a todas las posibilidades buenas que juntos se atrevieron a soñar para él, para su futuro.

Yo le conocí cuando los sueños de papá y mamá ya se habían esfumado, cuando ya era un viejo de poco más de cuarenta años que caminaba torpemente, como si fuera un polichinela, y el encargado de manipularlo no acertara a mover los hilos sino a base de pequeños tirones. Sus adicciones y todo lo que había ido dejando atrás a lo largo de su vida le habían vuelto gris la piel y el pelo raído, como de estopa, y miraba desde detrás de unos profundos ojos negros, bordeados de surcos más profundos aún. No podría decirse si se dejaba vivir, o, más bien, se estaba dejando morir, tal era su agotamiento. Su madre, a veces, le hacía compañía. Era la única que le seguía llamando por su nombre completo, quizás, pensaba él, porque seguía llamando al hijo que una vez soñó y que, a estas alturas, ya se había ausentado para siempre.
Se sabía próximo a la muerte, con esa certeza que no sienten los que cada día juegan con la vida como si fuera eterna. A veces, se mortificaba pensando cuánto de errores pasados y cuanto de mala suerte había en su camino, para después dejarse envolver en un bálsamo de resignación, de conciencia fatal a mitad de camino entre el azar y el destino, entre el remordimiento y la aceptación.
Se sentía un fracasado; seguro que no había sido el hombre que habían soñado por él, y el miedo y la debilidad le seguían paralizando, pero, en la oscuridad de su habitación, cuando los minutos se volvían eternos, enfrentado a su propia conciencia, se reconocía capaz de buscar la fuerza suficiente para enfrentarse a la muerte, a una muerte cierta y cercana ya.
Entre la niebla y el sueño, tuvo la revelación de su propia esquela, con aquel nombre suyo tan largo, tan único, y se dejó llevar; sin resistencia.