12 de septiembre

Tal día como hoy, pero hace noventa años, el 12 de septiembre de 1936, de madrugada, Víctor González Sánchez, mi abuelo, fue asesinado en una cuneta, entre Valverde del Fresno y Hervás. Sin juicio, sin razón (si es que puede haber alguna razón para asesinar). Lo condenaron a muerte porque sí, porque podían y querían hacerlo, y dejaron una viuda y cinco hijos. Mi madre murió con 96 años, sin plantearse siquiera que podía exigir la restauración de su memoria. Solo el dolor y el miedo acompañaron siempre su vida. Víctima del golpe de estado y del franquismo, víctima domesticada que repetía constantemente: no habléis de política, hijos.

Sus nietos sí lo buscaron, y hablaron con políticos e hicieron gestiones para que exhumaran los restos de su padre, que todavía siguen, lo sé, en lo que fue el antiguo cementerio de Granadilla, cubierto, a veces, por el pantano de Gabriel y Galán. Mi abuelo sigue allí, por la ineptitud de los políticos que nos gobiernan, pero su memoria sigue muy presente.

El acta de defunción de Víctor González Sánchez explica perfectamente que murió por disparos de arma de fuego. Era el principio de la guerra, y, probablemente, ningún funcionario se planteaba entonces que se podía faltar a la verdad, y, menos aún, de una forma vil, premeditada e interesada. La dignidad se escribe en los márgenes de la historia. En junio de 1938, aún en la guerra pero con los sublevados más vencedores que al principio, obligan por ley o por orden a tachar el motivo de la muerte; lo que hacen, en este caso, el 1 de julio de 1938, casi dos años después de su asesinato. Tachar unas palabras en un documento oficial, como si eso bastara para librarse de una responsabilidad, para que un asesinato sea una muerte natural, para que no haya lugar a los remordimientos. Y, a pesar de la orden, el Juez aclara que cumple con su deber, pero solo porque es su deber y la orden no es correcta ni justa, ni para un juez ni para ninguna víctima ni para los nietos que mantienen la memoria de los muertos.

Yo vengo de ahí, de ese dolor, de esa impotencia. Mejor víctima que verdugo, pero mejor ninguna de las dos cosas.