El hotelito

El hotelito ardió como una tea cuando llevaba abierto casi dos años y el dueño, que lo  compró recién reformado sin saber que antes había sido una casa de putas, estaba totalmente arruinado. Lo sospechó después, cuando los clientes empezaron a anular las reservas al poco de llegar, quejándose de un penetrante olor  a chicle y desinfectante que parecía desprenderse de las paredes, o cuando un joven matrimonio le comentó que su hijo de pocos años estaba aterrorizado por los golpes y los gritos que llegaban de la habitación de al lado y que, sin embargo, estaba vacía y ellos mismos habrían jurado que oían a un hombre jadear, o cuando una embarazada que vomitaba con todos los olores le explicó que no podía entrar en su habitación porque tenía un olor soso como el semen. Al fin lo supo con certeza  una mañana en que llegó una joven con el acento áspero de los países del este y la mirada más triste que nunca pudo imaginar en unos enormes ojos del color de la miel y le contó que ella había vivido allí engañada y contra su voluntad hasta que una noche en la que no le quedaba nada más que perder, decidió arriesgar su vida y acudir a la policía.

Y supo también entonces que no cabía más dolor ni más amargura entre aquellas paredes disfrazadas tan grotescamente de hotelito rural y,  a sabiendas de que el seguro se echaría para atrás, le entregó a la muchacha el barril de gasolina y, agarrados de la mano, encendieron la cerilla entre los dos.

De cuando niño

Los fines de semana mi padre era más mío, si cabe, que el resto de los días. Recuerdo que solía hacer pan en casa. Yo apoyaba los brazos en la mesa de la cocina y asentaba la barbilla sobre ellos para no perderme ni un detalle, me gustaba verle hundiendo los dedos, aquellos dedos tan largos, en la masa redonda y espolvorear harina por encima. Sin decirnos nada, llegaba un momento, al final, en el que mi padre, como si de pronto se diera cuenta de que yo estaba allí, me miraba, me sonreía y, con una mirada cómplice, moviendo levemente la cabeza, me invitaba a amasar yo también. Yo me afanaba, casi tenía que empinarme para llegar bien, y él me dejaba hacer unos minutos, hasta que yo me miraba las dos manos, abiertas y pringadas de masa y él me ayudaba a quitármela de los dedos.

Mi padre hacía y decía cosas que los padres de los demás nunca habrían imaginado siquiera y yo viví aquellos años como si fuera el dueño de un secreto que sólo él y yo conocíamos. Después, durante toda mi vida después de aquellos domingos de panadero, cada vez que parto un trozo de pan reciente, vuelvo a tener 8 o 9 años y mi padre sigue siendo más mi padre que nunca,  incluso ahora, que ya no está.

(De las memorias de Ismael Blanco)