Las manos

Desde que la vio llegar a la puerta del instituto y los nervios del primer día la hicieron tropezar y caer, y él le tendió la mano para ayudarla a levantarse, ya no pudo desprenderse de su mirada, ya no pudo cerrar la puerta por la que ella había entrado en su vida sin pedir permiso y ya todo el mundo se habituó a verlos caminar así, con las manos enlazadas, como siameses que desconocen la soledad.
Pasó mucho tiempo, hubo muchos millones de momentos, hasta que ella empezó a sentir que la mano acogedora de él la ataba, que la frontera a la que se llegaba con los brazos de los dos extendidos dibujaba un mundo diminuto y ella quería ir más lejos, mucho más lejos, para poder regresar y, quién sabe, volver a irse después.
Se alejó una tarde cualquiera, sin ni siquiera tener que decirlo; ella tiró un poco de su mano y al momento él abrió la suya para dejarla libre, como se deja que el agua escape del cuenco que hacemos con ellas para beber, irremediablemente.
Cuando ella volvió estaba más guapa que nunca, quizás también un poco más triste, más lánguida; él la vio llegar de lejos y la esperó con las manos en los bolsillos de los pantalones, que empezaron a moverse por el temblor. Ella se acercó en silencio, sonrió y con delicadeza metió la suya en el bolsillo de él buscando entrelazarse con sus dedos, con toda la nostalgia y con toda la ternura de que era capaz después de tanto tiempo, pero no reconoció el tacto de aquella carne temblorosa. Él se liberó despacio y sacó del pantalón aquel amasijo de cicatrices en el que se había convertido su mano, para que ella la viera, y, sin mediar palabra, empezó a llorar.
Ella no preguntó, pero, si lo hubiera hecho, nadie le habría podido explicar cómo había ocurrido aquel accidente. Todos sabían que, cuando se atascaba la sierra, había que pararla e intentar desatascarla después. Todos los sabían, él el primero, y todos le avisaron de que no metiera la mano, pero él no les escuchó, él se fue a la sierra como un loco, como si hubiera querido amputarse la mano desde siempre.

Artrosis

Voy algo gastado ya. Voy y vengo como puedo con mis tres piernas y la que me nació en el nogal del huerto es la única que no me duele, que la quiero ya más que a las mías propias, que sólo hicieron el mérito de nacer conmigo y, a base de doblar y desdoblar, se pasan el día chirriando, mientras que ésta otra se aguanta las ganas de adelantarme y echar a correr, ella que puede, y se queda a mi lado, sumisa y ordenada, uno dos, unos dos… Por eso, cuando la siento algo cansada, dejo de trajinar de un lado para otro, y me vuelvo al almacén, y la dejo apoyada contra el quicio de la puerta, y me llego hasta la silla del nieto, y me pongo a ensoñar en medio de la nada y del tiempo que voy tomando prestado con falsas promesas de devolución. Y, a veces, me quedo traspuesto y vuelvo a buscar nidos y a coger moras, y madre me riñe porque llego con las rodillas desolladas. Aún ahora, las rodillas desolladas.

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En el ocaso

Escoger el nombre había sido cosa de su madre, o, al menos, así se lo contaron cuando era pequeño, cuando él se dio cuenta de que casi todos los niños tenían un nombre corto y él, en cambio, no. O eso le parecía a él.
Solía llegar corriendo desde la escuela a su casa y le preguntaba a mami por qué sus amigos se llamaban Luis, o Manuel, o Jesús, o Javier, o… y él se llamaba con ese nombre tan largo, tan raro.
Su madre, entonces, dejaba la patata a medio pelar en el cestillo, o la labor de costura sobre la mesa camilla, y posaba sus manos, aquellas manos tan ágiles y delicadas aún, sobre sus pequeños hombros, se colocaba frente a él, con los ojos a la altura de los suyos, y le miraba con tanta ternura como él nunca volvió a ver en otros ojos a lo largo de su vida, ni siquiera en los de ella.
Entonces mami le contaba cosas de cuando su padre y ella eran muy jóvenes y no podían separarse uno del otro, -luego sí, luego papá desapareció de pronto un día y mamá lloró mucho, y muchas, muchas veces después, la vio en la ventana, con la mirada lejos y los ojos aguados-, y le contaba cómo soñaban con tener un hijo, el hijo más querido del mundo, el más deseado, porque ellos se querían tanto y querían tantas cosas buenas para él, que, incluso, habían decidido no ponerle un nombre cualquiera, un nombre vulgar como tantos otros. Su hijo era especial, y su nombre debía serlo también. Su nombre era el nombre de su abuelo paterno, porque papá había venerado a su padre y quería que su hijo heredara con el nombre la dignidad, la fuerza de voluntad y el carácter templado que siempre había admirado en él, y mamá escogió cuidadosamente un segundo nombre, nuevo, limpio de lastres, abierto a todas las posibilidades buenas que juntos se atrevieron a soñar para él, para su futuro.

Yo le conocí cuando los sueños de papá y mamá ya se habían esfumado, cuando ya era un viejo de poco más de cuarenta años que caminaba torpemente, como si fuera un polichinela, y el encargado de manipularlo no acertara a mover los hilos sino a base de pequeños tirones. Sus adicciones y todo lo que había ido dejando atrás a lo largo de su vida le habían vuelto gris la piel y el pelo raído, como de estopa, y miraba desde detrás de unos profundos ojos negros, bordeados de surcos más profundos aún. No podría decirse si se dejaba vivir, o, más bien, se estaba dejando morir, tal era su agotamiento. Su madre, a veces, le hacía compañía. Era la única que le seguía llamando por su nombre completo, quizás, pensaba él, porque seguía llamando al hijo que una vez soñó y que, a estas alturas, ya se había ausentado para siempre.
Se sabía próximo a la muerte, con esa certeza que no sienten los que cada día juegan con la vida como si fuera eterna. A veces, se mortificaba pensando cuánto de errores pasados y cuanto de mala suerte había en su camino, para después dejarse envolver en un bálsamo de resignación, de conciencia fatal a mitad de camino entre el azar y el destino, entre el remordimiento y la aceptación.
Se sentía un fracasado; seguro que no había sido el hombre que habían soñado por él, y el miedo y la debilidad le seguían paralizando, pero, en la oscuridad de su habitación, cuando los minutos se volvían eternos, enfrentado a su propia conciencia, se reconocía capaz de buscar la fuerza suficiente para enfrentarse a la muerte, a una muerte cierta y cercana ya.
Entre la niebla y el sueño, tuvo la revelación de su propia esquela, con aquel nombre suyo tan largo, tan único, y se dejó llevar; sin resistencia.