La rutina me salvó de muchas cosas,
tantas veces,
de caer en la desesperación,
de dejarme apabullar por los problemas,
de darme tiempo para pensar
en lo que debía o no debía hacer,
de ordenar mi tiempo y decidir
qué era lo importante,
hasta que llegó un momento en que la rutina
jugó conmigo a estrangularme
y a coserme los párpados
para no mirar
más allá,
y, entonces,
me dejé llevar por la locura,
abrí las ventanas
y el siroco renovó el aire que respiro
y pude mirar más lejos,
y más cerca, mucho más cerca,
y decidí
quedarme donde estoy
ahora,
en este otoño ventoso y colorido,
próximo a las nieves del invierno,
pero que conserva aún,
como una reliquia,
los aromas de la primavera
del alma.