Un pájaro

Si yo pudiera ser

un pájaro

viajaría por el cielo de los barrios

                                    de la ciudad inmensa

me quedaría a jugar en los patios

                                    de los colegios,

con los niños que aún son niños,

                                    y bajaría

hasta los bancos donde se sientan los viejos,

descansando de la vida y la memoria

en el sol y sombra de los parques,

donde hay una fuente que apenas

                                    pueden oír ya.

Si yo fuera un pájaro,

                                    tan frágil

como un pájaro,

volaría hasta tu balcón y,

en el alfeizar de tu ventana,

esperaría durante horas

a verte llegar,

a verte salir y entrar apresurado,

o sentarte en tu butaca

                                    sin mirar el reloj,

mientras yo picoteo el cristal

                                    y espero

a que vuelvas los ojos hacia mí

                                    y sonrías,

feliz de que, por un momento,

hayas dejado que fuera

siquiera un pájaro

                                    en tu vida.

El lugar que ocupas

Soñó una mujer sin rostro de la que enamorarse y salió a buscarla entre la gente de las plazas, en los bancos de los parques, en los rincones de los cafés donde se esconde la gente solitaria. Todas las mujeres con las que se topaba tenían ojos, y cejas y boca, y ninguna, nunca, salió a su encuentro con un rostro vacío que, paradójicamente, él pudiera identificar. Por eso no la reconoció cuando se cruzó con ella la primera vez ni cuando, un tiempo después, sus conversaciones fueron una rutina necesaria; no  la reconoció cuando se saludaban con un beso en la mejilla, ni cuando el recuerdo de ella se le colaba en la mente sin avisar. No la reconoció porque él esperaba encontrarla algún día y ella llevaba ya mucho tiempo allí.