Un pájaro

Si yo pudiera ser

un pájaro

viajaría por el cielo de los barrios

                                    de la ciudad inmensa

me quedaría a jugar en los patios

                                    de los colegios,

con los niños que aún son niños,

                                    y bajaría

hasta los bancos donde se sientan los viejos,

descansando de la vida y la memoria

en el sol y sombra de los parques,

donde hay una fuente que apenas

                                    pueden oír ya.

Si yo fuera un pájaro,

                                    tan frágil

como un pájaro,

volaría hasta tu balcón y,

en el alfeizar de tu ventana,

esperaría durante horas

a verte llegar,

a verte salir y entrar apresurado,

o sentarte en tu butaca

                                    sin mirar el reloj,

mientras yo picoteo el cristal

                                    y espero

a que vuelvas los ojos hacia mí

                                    y sonrías,

feliz de que, por un momento,

hayas dejado que fuera

siquiera un pájaro

                                    en tu vida.

De fatigas

Cuando llevaba algún tiempo agobiado, la fatiga se apoderaba por completo de él, caminaba como movido por un resorte, eficaz pero rígido y poco armónico, y su voz se tornaba monocorde. No discutía por economizar fuerzas, pero tampoco se entusiasmaba con nada; él solía decir que se quedaba como en estado latente, esperando que la vida regresara de nuevo.

Decidió hacer un alto en el camino y comerse el bocadillo que había comprado a media mañana. Se sentó en el respaldo de un banco de madera -los pies en el asiento-, sacó el paquetito de la mochila y empezó a desenvolverlo con cuidado. En el papel, una gran boca sonriente de color azul estaba rodeada de un texto: «Usted compra comida pero le regalamos una sonrisa».

Lo leyó dos veces más antes de que las comisuras de su boca se parecieran algo a aquel dibujo azul; comió despacio mientras observaba unos gorriones bañándose en el goteo constante de un grifo, en medio de la plazuela. Picoteaban salpicando en un charquito, sobre la piedra, y se esponjaban aleteando bajo aquella ducha improvisada.

Al poco, él dejó de sentir el tacto áspero de la ropa sobre su piel, incluso le pareció que el goteo del grifo le resbalaba por la espalda, como a los gorriones, arrastrando un poco de aquella fatiga. Dio un último bocado y decidió seguir; al bajarse del banco los pájaros revolotearon nerviosos y en seguida volvieron a su juego. Se acercó a la papelera pero en el último momento cambió de idea, alisó el papel como pudo, lo dobló cuidadosamente y se lo metió en el bolsillo.

A la hora del té

Desde donde estoy tengo una vista privilegiada de la plaza del Corrillo; pido un té rojo con limón, recordando otros tés, y observo el verano que se niega a abandonar la ciudad.

Un camarero ha salido a fumar a la calle y el barrendero que trajina por allí casi le barre los pies, esperando la colilla que no acaba de caer; hay un par de hombres con traje de ejecutivos en una mesa de la terraza, desentonando entre los turistas que aprovechan a comer tarde y los estudiantes que caminan con los libros en el brazo, camino de la Facultad. Como aún hay poca gente sentada, los pájaros se atreven a revolotear entre las mesas vacías, picoteando migajas aquí y allá. Hay uno que se sujeta en el borde de una silla y se balancea, como los niños en los columpios, antes de echarse a volar de nuevo. La vida pasa a mi lado y me invita a acompañarla.