Él nunca le dijo que la quería. Ella nunca se lo preguntó; tenía miedo de que le dijera que la quería mucho, y, en el amor, querer mucho es siempre querer menos de lo que hay que querer.
Ahora ya nada importaba, tan solo quedaba este desgarro que no le dejaba vivir: ¿y si ella nunca llegó a saberlo? ¿y si, en el momento de su muerte, no tuvo la certeza de cuánto la había querido? Y, apretando los puños, volvía a gritar en silencio: “Te quiero. Lo sabes ¿verdad? Te quiero.”