Las tardes de solanera
me recuerdan otras tardes
de mi infancia,
esas de vacaciones en la escuela,
sin nada que poder hacer,
sin poder salir a jugar
porque el sol deshacía la sesera,
obligada a una siesta
que no era descanso, ni sosiego,
porque los niños tienen ansia de vida
y nunca tienen sueño,
ni siquiera,
cuando caen rendidos y sueñan…
Ahora, que necesito la siesta
como el picapedrero
precisa de un descanso,
que escapo del sol
como de un fuego devastador,
ahora, que el día es un camino
demasiado largo
para hacerlo de una tirada,
me siento a descansar
y rebobino atrás, muy atrás,
hasta la mirada de niña sobre el mundo,
sobre el horizonte aquel
sin nombre ni guía de llegada y
bajo el peso de todas las fechas que viví
acierto a ver aún los ojos vivarachos
de aquella muchacha
que sigo siendo yo,
que todo lo mira
como si el mundo fuera nuevo cada día,
como si todos los anhelos
batieran alas para llegar a las nubes
y dibujar en el cielo azul
los sueños de mi infancia,
los que aún perduran
y los que quedarán como
pájaros huérfanos
cuando yo me vaya…