Recital de la Asociación Homero en el C.P. de Topas

Una vez más hemos vuelto a Topas y, una vez más, se obró la magia. Los reclusos dicen que les llevamos una ráfaga de aire fresco, que les llevamos vida, pero a nosotros nos enriquecen tanto estas visitas que no encontraremos nunca el modo de agradecerles su invitación.

La U.T.E (Unidad Terapéutica Educativa) trabaja incansablemente por la rehabilitación de los reclusos y ellos colaboran y trabajan, incluso editan una revista, UTEOPÍA. Se trata, esencialmente, de que perder la libertad no sea perder también la dignidad.

Gracias, mil gracias por la intensa colaboración en el recital de ayer, tanto de los reclusos como de los educadores y funcionarios. Y gracias por el regalo que nos hicieron, artesanalmente, en su taller.

Toda la luz

Abría las ventanas
esperando que la luz inundara
las estancias,
que no dejara rincón oscuro
donde ocultar los miedos
hasta la próxima vez,
esa luz que baila con el polvo
y todo lo ilumina,
ese baño de sol
que nos viste de tules
y de sueños…

Imaginaba
que el ventanuco barrado
de mi celda
era un amplio balcón,
la entrada a raudales
de la vida que soñaba,
y cerraba los ojos
para no deslumbrarme,
bajo el escaso haz de luz
sobre mis párpados entornados.

El recital

Fue un éxito. Todos los recitales lo son, pero este lo fue especialmente. Nos esperaban ilusionados, sus caras, su sonrisa abierta y sus gestos apresurados los delataban y nosotros nos sentimos especiales por ello. Recitamos nuestros poemas y cantamos nuestras canciones e, incluso, ellos también lo hicieron. Al terminar, como muestra de su agradecimiento, nos regalaron algunos trabajos hechos en sus talleres, unos marcadores de páginas troquelados y dos cuadros realizados con hilos, tan cuidadosamente pegados unos junto a otros como solo puede hacerlo alguien para quien el tiempo no cuenta o alguien para quien, precisamente, el tiempo cuenta solo cuando pasa.

Nosotros solo pudimos decir “gracias” muchas, muchas veces. Y prometimos volver. Y prometimos no olvidarnos.

La puerta esclusa se cerró cuando salimos, con un golpe seco y doloroso. Mientras recorríamos el patio miramos atrás, a la cuadrícula de ventanas de la fachada. Un hombre joven nos miraba salir, las manos aferradas a los barrotes, la cabeza apoyada en ellos. Quizás, aquella tarde, nuestros poemas y nuestra música le habían dado alas, pero él seguía allí, privado de libertad.