Sobre mis hombros

Sobre mis hombros pesa

la eternidad del tiempo;

pesan todas las fatigas

y todos los dolores

de los que fueron antes,

hasta llegar a mí…

Como una losa de granito

sobre mi cuerpo inerme,

como la bota del soldado

que aplasta la flor

en la orilla del camino,

así siento estas horas sin ánimo,

sin fuerza para pelear,

sin vida…

hasta que una palabra amable

me despierta

y el lazo de un afecto

me permite respirar

el aire renovado de un día

como otros,

o no, distinto de los otros,

porque distinta es la luz

que me ayuda a caminar.

Diario de Pepín. Día 48

Estos días han sido una revolución. Mamá no me ha llevado a la oficina porque tampoco ha ido ella a trabajar. He subido y bajado del coche un montón de veces; bueno, mamá me ha subido y me ha bajado del coche, porque yo no me atrevo pero ya no me escapo ni tiro para atrás. La verdad es que en el coche no se va mal; me tumbo en el asiento de atrás y hasta me duermo, salvo cuando pegamos botes, que me asustan mucho, aunque mamá entonces vaya muy despacito.

Vino la mujer que habla como mamá pero no es mamá y yo me asusté por la noche porque no me acordaba de que se había quedado a dormir y empecé a ladrar para avisar a mamá de que había ruidos extraños en la casa. Al día siguiente salimos a caminar temprano y la mujer que habla como mamá me llevó todo el tiempo de la correa, pero muy corta porque dice que tengo que acostumbrarme a ir al lado, que así acostumbró ella a su perrita. Luego, por la tarde ya había muchísima gente en la calle, todo eran piernas a mi alrededor; menos mal que llevaba la correa cortita y nadie se tropezó conmigo.

Hoy ya nos hemos quedado solos mamá, Sofía y yo; y estamos reventados. Yo creo que tango trasiego de maletas y de camas y de idas y venidas nos deja agotados a todos. Por eso me he pasado el día tumbado en el sofá, pero totalmente repantingado, todo lo largo que soy. Y cada vez soy más largo, que he crecido un poco más.