Es domingo y, como cada domingo, hay un hombre de unos setenta o setenta y tantos años en el cruce de dos calles. Siempre en el mismo sitio y solo los domingos. Se acomoda a pie firme, las manos en la espalda equilibrando la barriga, y hace guardia girándose a veces, lentamente, para controlar cualquier movimiento inesperado a su alrededor. Acecha a los escasísimos coches que pasan a esa hora, o a los perros que salen a husmear y saluda a sus dueños con un comentario sobre el tiempo que hace. Se le ve satisfecho, debe estarlo porque sigue allí cuando yo regreso.
De vuelta a casa, en la entrada del portal, hay una rosa en el suelo, el tallo roto y medio desmayada. Seguramente es lo que queda de una madrugada de copas y música que no llegó a más. Pensé dejarla allí, testigo de un fracaso, pero he cambiado de opinión y le he dado una segunda oportunidad. Ella me lo ha agradecido saciándose de agua fresca y luciendo feliz. Es más, cuando ya esté rendida y agotada, podré secarla y seguirá conmigo. Seguramente, tras el inicial rechazo, pensaría que iba a acabar pisoteada y en la basura y solo era que había llegado a las manos y al corazón equivocados.

