Un hombre feliz

Hay un hombre feliz

que camina entre la gente,

que pasea por los parques

y, a su pesar,

trabaja por un sueldo

porque de algo hay que vivir.

Y, sin embargo, es un hombre feliz.

Cuando se levanta y abre

la ventana de su cuarto

y respira el aire limpio aún,

cuando, en la calle,

se cruza con dos jóvenes

unidos por las manos,

la mirada cómplice y alegre,

el paso ligero y bailarín,

cuando se sienta en un banco

para ver pasar

a los que pasan

paseando,

a los que pasan

afanándose

en tareas importantes…

¿Quién sabe la importancia de las cosas

que nos preocupan

o dirigen nuestros pasos con premura?

¿Quién sabe lo que piensa un hombre

que se sienta al borde del camino

a descansar?

¿Quién sabe por qué,

a pesar de todo,

puede un hombre ser feliz?

A oscuras

No necesitó mirar el reloj para saber que ya era hora de dejarlo. Eran muchos días trabajando con el mismo ritmo, o con la misma falta de ritmo, como para no saber cuándo era el momento de acabar.

Cerró la puerta y el sonido de la llave dentro de la cerradura volvió a parecerle violento e íntimo. Caminó por la acera esquivando a la gente, las manos en los bolsillos y la cabeza un poco baja. No tuvo que saludar a nadie, y nadie le saludó a él. Al llegar a casa encendió la lámpara del recibidor, dejó el abrigo en el perchero y bajó la persiana del salón. Una por una, bajó todas las persianas menos la de la cocina. Desde allí, a oscuras para que no lo vieran a él, podía ver la sala de ensayo de la Escuela de Danza. Cuatro veces por semana, se acodaba en el alféizar de la ventana y observaba detenidamente a los estudiantes; les veía rodar por el suelo  en lo que intentaba ser un gesto elegante, o dar saltitos  como aves zancudas en la diagonal de la sala. Los miraba pacientemente porque en el ángulo libre estaba ella, observando y corrigiendo. Los miraba esperando el momento en el que ella avanzara hasta el centro, con su cuerpo menudo y recto, los brazos arqueados y  sus pasitos cortos. Los demás se apartaban un poco para dejarle espacio, como en un corro infantil, y entonces ella juntaba los talones y se estiraba un poco más, separaba un poquito sus brazos de paréntesis y se elevaba sobre sus zapatillas de ballet, en un gesto de equilibrio que parecería imposible si no fuera ella. Y él la veía girar sobre la punta de sus pies, como si fuera etérea. Y en ese momento, cuatro noches a la semana, él era el hombre más feliz del mundo.