El tenedor

Entré en el bar para tomar un café. La parejita de la mesa de al lado estaba terminando una cerveza y un pincho de calamares. Apuraron la bebida y dejaron los tenedores en el platito, casi enlazados por los dientes, preparados a esperar su retirada. Cuando se levantaron para irse, la chica se colocó el bolso sobre el hombro y, sin darse cuenta, golpeó el extremo de uno de ellos, que saltó inesperadamente y cayó al suelo. La joven volvió la vista al escuchar el tintineo, pero debió pensar que no merecía la pena agacharse y lo dejó allí, abandonado a un destino que no era el suyo.

Era media mañana y había mucho movimiento. Dos chicos jóvenes y resueltos entraron decididos a llegar al fondo de la barra, y, en su camino, el primero de ellos pisó el extremo del tenedor, que, en un arabesco, acabó en el suelo, del otro lado de la mesa. Ni siquiera se dio cuenta, había visto un hueco donde podían servirle pronto y eso era lo importante en aquel momento.

Yo me levanté para pagar la consumición y, cuando volví a mi mesa, ya nada quedaba en las mesas vecinas. El camarero había recogido la loza y los despojos con una velocidad encomiable, quizás, por eso, el tenedor seguía en el suelo, esperando llamar la atención de alguien. Me senté un momento y esperé para ver cómo iba a resolverse la situación. Esperé para ver si, realmente, había tanto paralelismo como a mí me parecía entre aquella escenografía y la vida: Uno sufre un revés, a menudo por accidente, y pasas a ser invisible para los demás, indigno de aprecio —o digno de desprecio—, y todos aceptan que si estás allí es posible que ese sea tu lugar.

Me levanté dejando mi taza y mis platos en la mesa; pensé que, así, el camarero seguiría justificando, al menos, parte de su trabajo, y, al dirigirme hacia la puerta, me desvié del camino recto y recogí el tenedor del suelo, volviendo a dejarlo sobre el mármol redondo y blanco. Juraría que, al hacerlo, el tenedor me sonrió —hasta donde puede sonreír un tenedor, claro—.

Crisis

Yo soy como todos ustedes. O mejor sería decir, “yo era como todos ustedes”. Yo llevaba trabajando en una empresa familiar más de veinte años, con un sueldo modesto, pero seguro. ¿Modesto? ¿Se le puede llamar modesto al salario mínimo más algún complemento?. No, ni hace cinco años, ni ahora mismo, se le puede llamar modesto a eso. Lo que pasa es que yo siempre he sido muy ahorradora, muy mirada para no gastar y apañarnos con poco en casa, que eso lo aprendí de mi madre, que en paz descanse, que pasó la guerra y se acostumbró a guardar para cuando vinieran tiempos peores… Tiempos peores, pero, ¿tan peores?; ¿tan peores como estos que estoy viviendo ahora…?

Cuando empezó la crisis, todo se precipitó. Yo me apañaba con mi sueldito, pero me despidieron, y el paro se terminó, y mi hijo cerró el negocio que tenía, que tenían, porque trabajaban los dos en él y ahora son dos parados a la vez, pero sin paro, porque trabajaban por su cuenta; y yo, con mi casa avalando su negocio, y ellos, fuera de la suya porque no pueden pagar su hipoteca…

Lo que parece negro un día, se vuelve gris oscuro al día siguiente, porque cada día es peor que el anterior. No me quejo, porque salud, tengo. De momento. Ellos buscan trabajo entre las piedras, más que trabajo, cosas que poder hacer, algo que permita traer dinero a casa para poder vivir, y yo, limpio casas cuando me llama alguna vecina, pero este barrio es pobre, cada uno tiene que limpiar su propia mierda, y en las empresas no quieren viejas como yo, que se doblan de dolores cuando se machacan.

Hoy he salido a pedir a la calle, porque vamos a comer unas patatas viudas y a la noche no sé qué vamos a cenar. Sí, ya hemos ido a un comedor social, pero tampoco podemos ir todos los días, hay demasiada gente todos los días. No dan abasto.

Yo ya he perdido mi dignidad; no saben ustedes cómo se van bajando escalones hasta el pozo donde estoy. Primero te asustas por lo que pueda venir, luego te enfadas, te enfadas muchísimo con todo y con todos porque no es justo y tú no te lo mereces, y quieres exigir tus derechos, que todo el mundo tiene derecho a vivir siendo honrado, y quieres quemar en una hoguera a todos los políticos corruptos que roban con tanto descaro, y la rabia te va nublando el cerebro…pero luego ya te vas resignando, como si fuera natural que te den golpes, y tu los aguantes sin protestar.

He entrado en un supermercado a pedir a las clientas, y me han mirado con dolor, lo he visto en sus ojos, y me han comprado leche y pan y arroz, y se me han llenado los ojos de lágrimas y de agradecimiento. Luego he entrado en el bar de la esquina; había dos hombres tomando un café, cada vez hay menos gente, a todos nos va peor…Uno de ellos no ha querido mirarme siquiera, seguramente le asusta darse cuenta de que alguien como él, yo soy alguien como él, puede necesitar pedir para comer, y prefiere cerrar los ojos y negar la evidencia. El otro me ha mirado con miedo, como si fuera a contagiarse, y me ha puesto un par de euros en la palma de la mano, sin levantar la mirada. Le he dado las gracias; he recogido un cruasán que me ha envuelto el camarero en papel de aluminio y he salido de allí. Despacio, pero con la cabeza alta.