He aprendido a vivir,
he aprendido a desnudarme,
a inventariar
los lunares del alma,
las arrugas,
las cicatrices de heridas viejas,
el gozo por todo lo ganado
y el dolor
por todo lo perdido…
He aprendido a mirarme
en el espejo
con la benevolencia de los ancianos,
que ya todo lo disculpan
porque todo lo han vivido,
pero mantengo aún
el destello fugaz del indomable,
del que no se conforma,
del que atiza los rescoldos
porque no se resigna
a dejarse vivir,
a abandonarse al momento final,
tan predecible,
como si aún pudiera ganar yo,
mientras aprendo a morirme.