Entré en el bar para tomar un café. La parejita de la mesa de al lado estaba terminando una cerveza y un pincho de calamares. Apuraron la bebida y dejaron los tenedores en el platito, casi enlazados por los dientes, preparados a esperar su retirada. Cuando se levantaron para irse, la chica se colocó el bolso sobre el hombro y, sin darse cuenta, golpeó el extremo de uno de ellos, que saltó inesperadamente y cayó al suelo. La joven volvió la vista al escuchar el tintineo, pero debió pensar que no merecía la pena agacharse y lo dejó allí, abandonado a un destino que no era el suyo.
Era media mañana y había mucho movimiento. Dos chicos jóvenes y resueltos entraron decididos a llegar al fondo de la barra, y, en su camino, el primero de ellos pisó el extremo del tenedor, que, en un arabesco, acabó en el suelo, del otro lado de la mesa. Ni siquiera se dio cuenta, había visto un hueco donde podían servirle pronto y eso era lo importante en aquel momento.
Yo me levanté para pagar la consumición y, cuando volví a mi mesa, ya nada quedaba en las mesas vecinas. El camarero había recogido la loza y los despojos con una velocidad encomiable, quizás, por eso, el tenedor seguía en el suelo, esperando llamar la atención de alguien. Me senté un momento y esperé para ver cómo iba a resolverse la situación. Esperé para ver si, realmente, había tanto paralelismo como a mí me parecía entre aquella escenografía y la vida: Uno sufre un revés, a menudo por accidente, y pasas a ser invisible para los demás, indigno de aprecio —o digno de desprecio—, y todos aceptan que si estás allí es posible que ese sea tu lugar.
Me levanté dejando mi taza y mis platos en la mesa; pensé que, así, el camarero seguiría justificando, al menos, parte de su trabajo, y, al dirigirme hacia la puerta, me desvié del camino recto y recogí el tenedor del suelo, volviendo a dejarlo sobre el mármol redondo y blanco. Juraría que, al hacerlo, el tenedor me sonrió —hasta donde puede sonreír un tenedor, claro—.