Conversaciones con Woody

-Conocí una vez a un tipo al que le daba miedo que lo quisieran…, él no lo sabía, claro, pero, cada vez que alguien le quería, a él le entraban unas ansias terribles por alejarse, por esfumarse, por volverse transparente. En realidad le daba tanto miedo, que, ante cualquier muestra de afecto, él se tornaba insensible; aparentemente insensible. Su psiquiatra decía que era el miedo a que dejaran de quererle lo que le hacía comportarse de una forma tan esquiva; que rechazaba el afecto por si lo perdía después. El tipo era capaz de emocionarse viendo caer una hoja de un árbol y, sin embargo, parecía de corcho cuando se trataba de su corazón.

-Y ¿consiguió resolverlo con el tiempo?

-Bueno… aún voy al psiquiatra.

Superman

Al Doctor Folly, eminente psiquiatra, le costó mucho, muchísimo –en realidad, habría que hablar de que tuvo muchas dificultades, porque, costar, costar, al que le costó fue a su paciente- convencer a aquel hombre de que, aunque él se sintiera un héroe con aquella ropa, con una fuerza extraordinaria que le situaba por encima del bien y del mal, e imbuido de una curiosidad extrema que le permitía explorar nuevos universos, lo que, en realidad, llevaba, eran unos calzoncillos rojos por fuera de una malla azul cielo, y eso podía hacerle pintoresco pero, desde luego, no le convertía en un héroe. Le costó mucho meterle en la cabeza a aquel hombre que no se podía ir salvando gente por la calle, gente que, la mayoría de las veces ni siquiera se sentía en peligro hasta que él llegaba, que eso podía ser bueno para su ego, pero desestabilizaba un tanto al personal que, sintiéndose objeto de atención de un héroe, sin haberse reconocido previamente la necesidad, empezaba a visitar al psiquiatra para liberarse de la víctima que llevaban dentro.

Pero lo que más dinero le costó a aquel paciente, y más esfuerzo y dedicación necesitó del eminente Doctor Folly, fue conseguir que aquel hombre se reconociera sin disfraz, que se mirara al espejo cada mañana, aún con legañas y con ese tacto de madera en la lengua, y se supiera un héroe cotidiano, capaz de sacar ilusión de la mirada de la gente anónima en la calle, de dibujar emociones sin tener que provocar un tornado, de sentirse, aun con aquella pinta matutina, capaz de salvarse a sí mismo cada día, y, sobre todo, capaz de dejar que le quisieran. Esto fue lo que más le costó al Doctor Folly.