La madrugada llegó envuelta en su rugido feroz. El monstruo se asentó, como otras veces, suprimiendo el bullicio de la calle. O él, o todo lo demás. Como mucho, dejarse ver desde las ventanas próximas para el asombro de los curiosos, una hormiga observando un elefante.
La gente de la aldea ya sabía que, de vez en cuando, el monstruo llegaría para trastornarlo todo, para atemorizar con su sola presencia, para esperar el tributo necesario y luego desaparecer, aunque no para siempre.
Al principio, los hombres pensaron sacrificar una doncella para él, para mitigar su ira y protegerse, pero el monstruo no aceptaba que las doncellas fueran propiedad de los hombres ni tampoco que los hombres creyeran que él era tan misógino como ellos, de modo que, desde el principio, dejó claro que su tamaño y su voz eran solo una circunstancia, pero no un motivo para desencadenar un comportamiento cruel.
El monstruo viró de un lado a otro de la calle, estiró su cuello, tanto, que su mínima cabeza tocó el cielo, y sacó su inacabable lengua, afilada como una aguja interminable, con la que recogió el fruto de su propia codicia. El monstruo quería tributos propios de un monstruo y eligió lo que mejor le pareció. Poco a poco fue recogiendo su lengua y, cuando ya su botín no estaba al alcance de nadie, lo ocultó tras los tejados.
Entonces, calló. La calle quedó sorda de rugidos y la vida volvió a la rutina. Un monstruo que no brama no parece tan monstruoso; por eso nadie se dio cuenta de en qué momento aquel temible engendro abandonó la aldea.




