Las manos

Desde que la vio llegar a la puerta del instituto y los nervios del primer día la hicieron tropezar y caer, y él le tendió la mano para ayudarla a levantarse, ya no pudo desprenderse de su mirada, ya no pudo cerrar la puerta por la que ella había entrado en su vida sin pedir permiso y ya todo el mundo se habituó a verlos caminar así, con las manos enlazadas, como siameses que desconocen la soledad.
Pasó mucho tiempo, hubo muchos millones de momentos, hasta que ella empezó a sentir que la mano acogedora de él la ataba, que la frontera a la que se llegaba con los brazos de los dos extendidos dibujaba un mundo diminuto y ella quería ir más lejos, mucho más lejos, para poder regresar y, quién sabe, volver a irse después.
Se alejó una tarde cualquiera, sin ni siquiera tener que decirlo; ella tiró un poco de su mano y al momento él abrió la suya para dejarla libre, como se deja que el agua escape del cuenco que hacemos con ellas para beber, irremediablemente.
Cuando ella volvió estaba más guapa que nunca, quizás también un poco más triste, más lánguida; él la vio llegar de lejos y la esperó con las manos en los bolsillos de los pantalones, que empezaron a moverse por el temblor. Ella se acercó en silencio, sonrió y con delicadeza metió la suya en el bolsillo de él buscando entrelazarse con sus dedos, con toda la nostalgia y con toda la ternura de que era capaz después de tanto tiempo, pero no reconoció el tacto de aquella carne temblorosa. Él se liberó despacio y sacó del pantalón aquel amasijo de cicatrices en el que se había convertido su mano, para que ella la viera, y, sin mediar palabra, empezó a llorar.
Ella no preguntó, pero, si lo hubiera hecho, nadie le habría podido explicar cómo había ocurrido aquel accidente. Todos sabían que, cuando se atascaba la sierra, había que pararla e intentar desatascarla después. Todos los sabían, él el primero, y todos le avisaron de que no metiera la mano, pero él no les escuchó, él se fue a la sierra como un loco, como si hubiera querido amputarse la mano desde siempre.

La casa.

Era una casa pequeña en un pueblo pequeño; una casa de esas que te devuelven la paz que no has perdido, que te sosiegan el alma y que, en seguida, huele a ti; una de esas casas fresquita en verano y refugio en invierno, con un troje vacío donde almacenar todos los miedos y todos los fantasmas, un troje donde también bailen las hadas que te dieron la mirada inmensa de aquel niño que empezaba a enamorarse, hace tantas vidas ya, y de todos los niños que después han sido.

La entrevista

La periodista se inclinó hacia la anciana desde el sofá de al lado, con una sonrisa cómplice y una voz seductora, para preguntarle esta vez por algo más íntimo, más personal que la obra de toda su vida, si es que podía haber algo en ella más personal, y, a la vez, más íntimo, que su obra.

-¿Qué fue lo que la enamoró de él?
La anciana sonrió dulcemente y miró a la muchacha con ternura, tan joven le pareció, tan inocente, preguntando por la génesis del universo…
-Me enamoré de él, dijo –y ninguna de las dos le había nombrado- en el momento en que le vi comiendo pan.
La anciana esperó a ver la cara de asombro de la joven, y continuó.
– Como un niño, comía pan como un niño, cogía un trozo enorme y no lo partía para llevárselo a la boca; cogía un trozo inmenso –y gesticulaba como si fuera él en ese momento- y lo comía a mordiscos, como si se le fuera a terminar, con ansia, como si no hubiera manjar más exquisito en el mundo.
La joven se quedó mirándola con cierta expresión de sorpresa, y la anciana añadió:
-Mire, señorita, yo supe, al verle, que ese hombre era capaz de saborear la vida con el mismo entusiasmo que ponía en comerse el pan, que era capaz de hacer grandes las cosas pequeñas, de ser inmensamente feliz y, probablemente, inmensamente desgraciado. Él era capaz de emocionarse con la vida; y de emocionarme –dijo pensativa y, mirando a la muchacha, añadió – ¿quién iba a perder una oportunidad así?
La joven recompuso su figura contra el respaldo del sofá, el bolígrafo abandonado sobre el bloc de notas y la mano desmayada en el regazo, mientras dudaba de si sería capaz de transmitir la fuerza y el brillo de aquellos ojos gastados.

Conceptos

Se metió en Internet y lo consultó en el Diccionario para aclarar los conceptos y las cosas, si es que las cosas podían estar claras alguna vez en su cabeza. No podía dejar de analizar la situación, de mirar atrás para intentar reconocer el camino que la había llevado hasta allí, hasta este desapego, hasta esta desidia emocional que la alejaba de él.

Respeto
1. m. Veneración, acatamiento que se hace a alguien.
2. m. Miramiento, consideración, deferencia.

Admiración
1. f. Acción de admirar.
2. f. Cosa admirable.

Admirar
1. tr. Causar sorpresa la vista o consideración de algo extraordinario o inesperado.
2. tr. Ver, contemplar o considerar con estima o agrado especiales a alguien o algo que llaman la atención por cualidades juzgadas como extraordinarias.U. t. c. prnl.
3. tr. Tener en singular estimación a alguien o algo, juzgándolos sobresalientes y extraordinarios.

Se separó un poco de la mesa, buscando espacio para respirar, para tener un poco de perspectiva. En los últimos meses la idea de recorrer el camino al revés se había vuelto machacona y, con demasiada frecuencia, se veía de nuevo diez años atrás, cuando le conoció, cuando se conocieron, cuando, poco a poco, se fue pillando de aquel hombre al que empezó admirando profundamente, no sólo por sus cualidades y su capacidad, sino también, o sobre todo, por su actitud, hasta que esa admiración y ese respeto derivaron en amor. Quizás la única diferencia, pensó, fuera que el amor espera reciprocidad y cercanía, y la admiración y el respeto pueden ser de dirección única y en la distancia; pero, sin duda, ambos sentimientos habían sido imprescindibles para acabar enamorándose. ¡Cómo no admirarle cuando batallaba por convertirse en escritor, con aquella sensibilidad tan extraordinaria para captar los matices de la vida, y para contarlo después? ¿Cómo no admirarle por sus principios, por su compromiso vital? ¿Qué nos pasó, o qué me pasó a mí para alejarme tanto?.

Volvió a verle, de madrugada, la taza del café con el fondo reseco, junto al cuaderno y los lapiceros con los que le gustaba escribir, tapándose los ojos con la mano izquierda mientras buscaba la frase adecuada para seguir escribiendo, un poco ladeado, y con el borde de la mano derecha manchado de carboncillo. Mandar relatos a los concursos le obligaba a ponerse metas, pero llegaba a ser desalentador si nunca te premiaban o te concedían un accésit, tenías que estar muy seguro de lo que querías para seguir adelante por un camino sin señalizar, con una meta probable pero con un recorrido incierto; y él dudaba a veces. Quizás el principio del fin fue cuando aceptó aquel contrato de articulista en una revista cuya línea editorial estaba bastante lejos de su forma de pensar. Cambió su libertad por una monotonía dirigida, la montaña rusa de su imaginación por la estabilidad mollar de su columna comprada, y a ella se le vino abajo la visión caleidoscópica que tenía de él. No fue de repente, fue un abandono que acabó en desvalimiento; simplemente, él dejó de tener el valor extraordinario que tenía para ella, nada que admirar, nada que respetar, ¿qué clase de amor podría sobrevivir a esto?

Se levantó de un impulso cogiendo el teléfono móvil mientras se dirigía a la cocina para beber un poco de agua. Cuando le oyó al otro lado la voz le salió atropellada “Rafa, ¿vas a venir a comer? No, no, es que tenemos que hablar; no, no pasa nada. Pero tenemos que hablar”. Colgó apresuradamente con intención, para no escuchar su silencio. Naturalmente que no iban a romper por teléfono –si quedaba algo por romper aún-, los dos se merecían una conversación en persona, pero había necesitado anunciarlo, como una cita ineludible, para que luego no le faltara el valor para empezar, como otras veces.

Se acordó de su abuela, cuando, en los años de adolescencia, y sintiéndose acorralada, le decía dulcemente “Tranquila, hija, cuando una puerta se cierra, una ventana se abre”. Una puerta se cierra…, una puerta se cierra…, se angustió pensando en lo que le quedaba aún por pasar, en la conversación, en la mirada de cordero degollado, en el frío de después, en la soledad. Se abalanzó hasta la ventana de la cocina y se sujetó en el alfeizar mientras adelantaba el cuello con la boca abierta, llenando los pulmones del aire de la calle. Una ventana se abre…, una ventana se abre… y sintió que aquellas bocanadas le dejaban en el pecho un eco de esperanza.

Contigo

-¡Si yo estuviera ahí, contigo…!- Lo dijo casi sin darse cuenta, apenas fue un pensamiento que buscó salida en los labios como por impulso, por la necesidad de hacerse escuchar, de que él la oyera. Incluso ella misma se sorprendió aunque, inmediatamente, repitió las mismas palabras, esta vez para los dos, arrastrando un poco más el final de la frase, para que perdurara el deseo de compartir con él.

Compartir es un verbo difícil, pensó, siempre cojo e inacabado, siempre desmedido e inabarcable, siempre anhelante y siempre insatisfecho. Compartir, pensó, es un verbo solitario, que se alimenta de sueños.

Sombra y luz

Me miro al espejo y solo veo al otro lado unos ojos huecos y turbios, como de peces muertos, camino por la calle y no me sigue el eco de mis pasos y los perros gañen alejándose de mí; ni siquiera busco un sitio donde resguardarme de la lluvia por si acaso la lluvia arrastrara mi dolor… de estar sin ti.

Te reconozco en la luz de cada día, en la mirada alegre de las muchachas, en los labios golosos de las mujeres, en los juegos de los niños en el parque, en cada puesta de sol… Te sé parte del aire que respiro, del alimento que me mantiene en pie, te reconozco en mi sombra y en el ritmo de mi pulso… eres la vida que me lleva hacia ti.

Superman

Al Doctor Folly, eminente psiquiatra, le costó mucho, muchísimo –en realidad, habría que hablar de que tuvo muchas dificultades, porque, costar, costar, al que le costó fue a su paciente- convencer a aquel hombre de que, aunque él se sintiera un héroe con aquella ropa, con una fuerza extraordinaria que le situaba por encima del bien y del mal, e imbuido de una curiosidad extrema que le permitía explorar nuevos universos, lo que, en realidad, llevaba, eran unos calzoncillos rojos por fuera de una malla azul cielo, y eso podía hacerle pintoresco pero, desde luego, no le convertía en un héroe. Le costó mucho meterle en la cabeza a aquel hombre que no se podía ir salvando gente por la calle, gente que, la mayoría de las veces ni siquiera se sentía en peligro hasta que él llegaba, que eso podía ser bueno para su ego, pero desestabilizaba un tanto al personal que, sintiéndose objeto de atención de un héroe, sin haberse reconocido previamente la necesidad, empezaba a visitar al psiquiatra para liberarse de la víctima que llevaban dentro.

Pero lo que más dinero le costó a aquel paciente, y más esfuerzo y dedicación necesitó del eminente Doctor Folly, fue conseguir que aquel hombre se reconociera sin disfraz, que se mirara al espejo cada mañana, aún con legañas y con ese tacto de madera en la lengua, y se supiera un héroe cotidiano, capaz de sacar ilusión de la mirada de la gente anónima en la calle, de dibujar emociones sin tener que provocar un tornado, de sentirse, aun con aquella pinta matutina, capaz de salvarse a sí mismo cada día, y, sobre todo, capaz de dejar que le quisieran. Esto fue lo que más le costó al Doctor Folly.