Diario de Pepín. Día 124

Que no, que no es que el chico de la gorra se hubiera marchado lejos o se hubiera olvidado de mí, que no. Que ayer lo vi y me llamó y salí corriendo y ladré y di brincos y me empiné y fui y volví un montón de veces y él se agachó y quería acariciarme pero yo no me paraba quieto de la emoción… 

Que la culpa era del confidichoso ese que nos tiene locos.

Que ya estoy yo pensando que a ver si mamá no me lleva al parque y no he vuelto a ver a mis amigos porque el confinoese del demonio no nos deja… Que seguro que él no tienen ningún amigo y no necesita salir de casa…

Diario de Pepín. Día 123

La hora de la siesta es un problema. ¡Con lo que a mí me gusta pegar un brinco y ponerme encima de mamá! Pero esa es la cuestión, encima de mamá. Y es que Sofía también quiere dormirse encima de mamá, y mamá no tiene tanto trozo para repartir…

Al final, nos acomodamos, unas veces yo me pongo entre sus piernas y Sofía en su pecho, otras al revés, y otras nos queremos quitar el sitio uno al otro y mamá se enfada porque no la dejamos dormir.

Mamá dice que yo soy un listo, porque me subo primero, e intento ocupar todo el sitio posible para no dejar espacio a Sofía, y luego me  hago el distraído, como si no fuera conmigo la cosa, cuando ella empieza a remolonear alrededor buscando un hueco. A veces nos olisqueamos como si nos estuviéramos poniendo a prueba, y hasta me enseña los dientes y me levanta la mano, pero la cosa no llega a mayores. Mamá, cuando nos ve así, nos acaricia a los dos a la vez, una mano para cada uno, y nosotros acabamos poniéndonos de acuerdo. Eso sí, algunos días, a mamá ya no le da tiempo a dormirse.

Diario de Pepín. Día 122

Ayer fue mi cumpleaños. Yo no sé nada de días especiales, para mí estaban los domingos y los otros días, pero desde que está el confinosequé, parece que hubiera más domingos que de los otros. Y, tampoco; porque antes del confinosequé ese, los domingos nos íbamos mamá y yo muy lejos, a caminar, y,  luego, yo correteaba por la hierba hasta que me entraban ganas de volver a casa y, ya cerca, nos parábamos a comprar churros –que yo me sentaba en la acera mientras mamá hacía cola y luego ella me daba un pedacito de cada churro que se comía con el café-. Esos sí que eran días especiales…

Así es que ayer hizo un año desde que yo nací, a mí se me hace mucho tiempo, pero si mamá quiere celebrarlo, me parece bien. Yo no sé cuánto tiempo hace desde que, después de vivir con mis primeros papás, mamá y el chico de la gorra me achucharon, me cogieron en brazos y me trajeron a casa. A veces me dan ganas de preguntarle a mamá porque seguro que ella lleva la cuenta también de esto, pero es que, en el fondo, me da igual. Casi toda mi vida llevo a su lado. Y eso me basta.