Diario de Pepín. Día 77

Cuando yo veo que mamá se pone la chaqueta y coge su mochila me pongo siempre alerta, por si puedo salir con ella. Pero no, esta vez me acarició la cabecita y me dijo que me quedara, como todas las mañanas cuando ella y el chico de la gorra salen un ratito y luego vuelven a la oficina y ya trabajamos todos hasta mediodía y nos vamos. Mamá se fue sola a media mañana y  no volvió, y yo me quedé con el chico de la gorra. Reconozco que me puse bastante empachoso, aunque él no tenía la culpa, porque yo quería que mamá volviera y no volvía. Es que, a veces, aunque ya soy casi grande, no puedo dejar de comportarme como un bebé, y los bebés quieren estar siempre con mamá.

El chico de la gorra me sacó a mediodía, y el señor que me llama perrete me sacó por la tarde y yo, a ratos, ya pensaba cuánto tiempo iba a pasar hasta que mamá volviera. Eso sí, por la tarde conseguí estar más tranquilo y no dar guerra, yo creo que, porque, más que nervioso, estaba ya un poco triste.

Cuando mamá volvió era muy de noche -yo nunca había estado en la oficina hasta tan tarde-, y me puse como un loco, sin control ninguno, dando brincos y chillando, que hasta la gente que pasaba por la calle se quedaba mirando. Yo creo que no se puede ya ser más feliz. Bueno, sí, yo habría sido más feliz aún si no hubiera visto que mamá cogía otra vez la maleta esa que llena de papeles cuando se va sin mí; porque, me temo que eso significa que me va a tocar esperarla otra vez.

Diario de Pepín. Día 76

Por las mañanas, como madrugamos mucho, apenas hay gente en la calle. Luego ya sí, luego nos cruzamos con gente que se nota que va a algún sitio, que no está paseando. Van casi todos solos, deprisa, y como pensando en algo para adentro. Y, un poco más tarde aún, ya se ve mucha gente joven, dos o tres de cada vez, que van hablando deprisa y en voz alta; y la mayoría sonríe.

Yo me fijo en estas cosas porque, dependiendo de quién, a veces, alguien se para a decirle algo a mamá sobre mí, y me acaricia y  nos saluda a los dos. Está la chica que coloca las mesas en la terraza del bar, casi todos los días a la misma hora, que me dice cosas; y el pescadero, que nos dice buenos días porque mi primera parada para hacer pis es en la hierba de enfrente de la pescadería; y luego un señor que todas las mañanas está limpiando unas puertas de cristal en un bloque de pisos –que, aunque hay poca luz, como siempre limpia los mismos cristales y de la misma manera, yo creo que no necesita ver – y mamá y él se saludan aunque no se conocen –bueno, no se conocían al principio, ahora ya sí-; y hay una chica que vemos unos cuantos días seguidos y luego ya no la vemos y siempre se para conmigo y me quiere mucho y me dice que ella tiene un perro como yo, pero en grande. Esta mañana la hemos visto y le ha contado a mamá que está trabajando de noche y por eso nos ve por la mañana, cuando vuelve a su casa, y, claro, los días que no nos cruzamos con ella es porque trabaja de día. Yo creo que esa chica debe ser amiga de mamá, porque una cosa es cruzarse con nosotros y otra muy diferente es que nos cuente cosas. Amiga mía sí que es. ¡Cómo no va a ser amiga mía si me quiere mucho y nos ha contado que su perro, el que es como yo, pero en grande, se llama Pepe!

Diario de Pepín. Día 75

Me gusta el chico de la gorra. Estoy bien con él. Supongo que, aunque ahora es un tío muy grande, hace mucho tiempo fue el bebé de mamá, un cachorrito como yo. Supongo que mamá lo cuidaba como cuida de mí, y lo abrazaba y lo besaba igual que hace conmigo. Y supongo que, por eso, él fue muy feliz. ¡Qué suerte llevar tanto tiempo con mamá! Yo ya llevo la mitad de mi vida con ella. La mitad de una vida es mucho tiempo, incluso para alguien como yo, que solo tengo seis meses.

Diario de Pepín. Día 74

No estés triste, mamá. Esta vez no he llorado cuando saliste de casa con la maleta. Me dijiste que vendría a buscarme el chico de la gorra y, efectivamente, llegó a media tarde y me llevó con él. Su gata no es como Sofía, se asusta mucho de mí, pero yo creo que es que me ha visto poco. Si tuviera que volver pronto con él seguro que ya sería diferente.

Yo estoy bien, mamá. Yo sé que te gusta que me suba al sofá y me pegue a ti y apoye mi cabecita en tu muslo, que me acueste en tu cama y que me ponga de manos en el borde del colchón para que tú me subas – los dos sabemos que alcanzo a subir yo solo pero te gusta cogerme-, y que me ponga en la almohada hecho un ovillo y coloque mi cabeza sobre tu mano cuando te estás quedando dormida. Pero hoy no puede ser, mamá, a mí también me gustaría estar contigo -siempre voy a estar contigo-, pero algunas veces tendrás que irte sin mí. Y yo te esperaré. No dudes que yo te esperaré, ¿vale? Yo te quiero muchísimo, mamá, y por eso quiero que no estés triste. Mientras te espero, te mando un besito de buenas noches, mamá. Que duermas bien y sueñes conmigo.

Diario de Pepín. Día 73

Mamá trabaja casi todo el tiempo que no estamos dando una vuelta por la calle o en el parque. Yo no puedo ayudarla en la oficina pero intento que no se le haga muy pesado. Es verdad que gran parte del tiempo lo paso durmiendo, pero me pongo justo al lado del sillón, lo más cerca que puedo de ella, de forma que, en cuanto se mueve un poco, doy un respingo y me incorporo por si me necesita. A veces salgo a recibir a la gente, y a todo el mundo le hace gracia ver a un perro como yo en un sitio como ese, y todos me acarician y me dicen cosas, pero alguna vez mamá me ha sacado del despacho porque dice que molesto. Yo creo que hago lo mismo de siempre y que el problema debe ser que se junta más gente y, además, hablan y hablan,  y entonces parece que molesto yo.

Lo que más me gusta, cuando mamá está sola en el despacho, es que me coja en brazos y  me deje quedarme sobre sus piernas mientras sigue trabajando. Es que me da el mimo y me pongo de pie a su lado llamándole la atención –dice que no le dé con las patas porque tengo las uñas muy duras y le hago daño-, y entonces ella me coge para abrazarme. Yo aguanto los achuchones sin pestañear, y si me deja un ratito encima de sus piernas, ni me muevo, a ver si ni siquiera se da cuenta de que estoy allí, pero siempre acaba bajándome, claro.

Diario de Pepín. Día 72

No sé por qué me aterra el ascensor. Desde antes de entrar por primera vez, cuando mamá se acercó a la puerta, yo empecé a recular como si me fuera la vida en ello. Y no puedo saber por qué. Quizás a todos nos pase, que tengamos miedos por  algo que está por venir y solo imaginamos, y es mucho peor que si fuera por algo que ha sucedido y nos puede volver  a pasar. Por eso mamá y yo subimos las escaleras hasta casa, y yo se lo agradezco cada vez que lo hacemos. ¡Cómo se lo agradezco!

Cuando entramos en el portal, yo voy por delante de mamá, subo hasta el tercer peldaño y me paro allí; entonces mamá me da un trocito de colín y me desata la correa para que suba yo solo, unas veces delante de ella y otras detrás porque me entretengo, pero, al final, siempre tengo yo que esperarla en la puerta de casa porque ella sube cansada.

No sé por qué, si es que mamá tenía mucha prisa o estaba demasiado cansada, pero hace un par de días me obligó a subir en el ascensor, a pesar de que yo la miraba suplicándole que subiéramos por las escaleras. No pasó nada, salvo mi miedo y mi disgusto; pero he decidido que eso no puede volver a pasar.  El ascensor es un enemigo que me acecha cada vez que entro en el portal y a mamá no se le tiene que pasar por la cabeza subirnos en él, ni siquiera cuando algún vecino entra con nosotros y lo utiliza. Por eso, ahora entro más deprisa y corro hasta la escalera con la correa desplegada, pero no me paro en el tercer escalón, me paro en el sexto, casi acabado el primer tramo, y entonces espero a mamá que, para poder darme el colín ya tiene que haber subido algún peldaño. Y, una vez allí, ¿para qué vamos a querer el ascensor?

De momento, funciona.

Diario de Pepín. Día 71

Sofía había vomitado mientras nosotros estábamos fuera. Ya había vomitado el día anterior, cuando estábamos tumbados en el sofá después de comer, y mamá me pilló al vuelo cuando quise bajarme de un salto para ir a comerme el vómito. De veras que me pilló en el aire y no pude moverme, y luego ya fue ella con la fregona a limpiarlo mientras yo miraba desde una distancia de seguridad.

Pues hoy, como Sofía vomitó bastante pronto, el robot de mamá que barre cuando ella no está había repartido el vómito por el suelo, haciendo unos preciosos dibujos de ir y venir por casi toda la casa. Así es que mamá se puso con la fregona en cuanto llegamos y yo solo pude dar un par de legüetazos al suelo antes de que mamá me riñera. No sé qué le pasa a mamá con los vómitos que no soporta que me acerque a ellos, ni los de Sofía ni los que me encuentro en nuestros paseos. ¡Y mira que estos días había montones en la calle y en la hierba, como si estuvieran esperando a que pasáramos nosotros para… quedarme con las ganas de hincarles el diente!