Diario de Pepín. Día 33

Hoy mamá se llevó un buen susto. Al salir de la oficina nos encontramos con un perrito que es muy mayor pero que es muy pequeñito, mucho más que yo, y que, aunque yo quiero que seamos amigos, él no tiene muchas ganas. Bueno, pues como yo me entusiasmo tanto empecé a dar brincos y brincos y se me soltó la correa porque medio rompí el mosquetón. Yo, con el entusiasmo, salí corriendo sin darme cuenta de que no estaba en el parque y de que en la calle hay muchos peligros para perritos como nosotros porque pasan coches sin mirar. Menos mal que mamá me alcanzó; bueno, cuando ella me llamó yo me frené, por eso me alcanzó.

Mamá me riñó un poco, pero también me cogió y me abrazó y yo me sosegué del todo, porque, cuando mamá me abraza, yo siempre me sosiego.

Diario de Pepín. Día 32

Hoy sí que me lo he pasado bien. Hacía dos días que no veía a Cascabel y esta tarde estaba con su mamá vieja en el parque y, en cuanto hice pis y caca tiré para allá y estuvimos un rato largo haciendo peleas de mentira. Mientras nosotros nos mordíamos y dábamos volteretas y liábamos las correas mi mamá y la suya hablaban de cosas que a los perros no nos importan nada. Tan solo mamá, de vez en cuando, nos vigilaba para que no nos pasáramos de la raya, pero, al ver que ninguno de los dos chillábamos, pues se quedaba más tranquila; aunque una vez vio que me había sacado el arnés, y otra que me puse a morder a Cascabel en los hocicos y me quedé colgando de sus pelos. Pasamos un rato fenomenal, incluso cuando ya nos íbamos cada uno para su lado, nos dimos la vuelta para volver a vernos.

Cascabel es muy majo y también es un cachorro como yo, pero su mamá no me gusta del todo. Cuando mi mamá y la mamá de Cascabel hablaban de nosotros y cada una decía lo que hacía y lo que no, la suya dijo que no lo dejaba entrar en la habitación cuando dormía porque “al fin y al cabo, son animales”. Nos llamó animales. Y yo creo que lo dijo como si eso no fuera muy bueno, la verdad.

Diario de Pepín. Día 31

Yo no sé si los perros tenemos adolescencia, son cosas sueltas que oigo por ahí, pero sí sé que me pasan cosas que no controlo muy bien, que, de pronto, me entra la revolución y no paro y muerdo todo y brinco y me pongo de manos y me puede la necesidad de actividad y, de pronto, me entra un sueño terrible que me deja KO. Mamá dice que parece que tengo un interruptor y que funciona por su cuenta.

Todo el mundo dice que he crecido mucho. Yo creo que sigo siendo pequeño, porque mamá me midió el pecho para comprarme el arnés nuevo y dijo que casi no llegaba a la talla más pequeña. La gente, en la calle, siempre le pregunta a mamá si soy bebé y de qué raza soy, y mamá les dice que cuatro meses y que soy un cruce de razas, pero que no sabe de cuáles porque nací en una perrera. Yo sé que mamá me quiere mucho, muchísimo, pero también sé que mamá quería un perro pequeño y tengo miedo de que, si crezco mucho, ya no me quiera. Aunque, por otro lado, yo creo que no, que me querría igual o parecido porque el otro día le dijo al señor de las tardes que me llama perrete que dormíamos juntos la siesta en el sofá y, cuando él le dijo “mira que los perros crecen y luego no cabe…” ella se puso muy seria y  le dijo: Pues compro otro sofá. Y eso, creo yo, significa que, aunque yo crezca mucho y sea un perro grande, mamá y yo vamos a seguir juntos siempre y nunca me va a llevar a la perrera.

Diario de Pepín. Día 30

Definitivamente, me gustan los domingos. Hemos dado una vuelta enorme, pero enorme de verdad, más de una hora caminando y correteando. Bien es verdad que, a veces, yo le pedía a mamá que volviéramos, pero es que no sabía dónde íbamos y todo me parecía calle y calle, sin más. Pero mamá siguió porque quería llevarme hasta el río. ¡Madre mía, había un montón de agua y muchísimo verde! Y toda la hierba estaba fresquita y correteé por allí de maravilla.

Y hemos perdido el pañuelo. No sé cómo ni cuándo, pero lo hemos perdido. Quizás se enganchó con el arnés nuevo, que me gusta más que el collar porque no noto los tirones en el cuello. Yo creo que el pañuelo le gustaba más a mamá que a mí, por eso supongo que cualquier día se me presenta con otro. Cosas de mamá.

Diario de Pepín. Día 29

Hoy debe ser sábado otra vez porque no hemos ido a la oficina. Mamá ha salido de casa sin llevarme con ella y luego ha vuelto con bolsas llenas de cosas que ha ido colocando en la cocina. Y me ha dado un trocito de manzana. Y me ha gustado muchísimo.

Creo que tengo un amigo. Se llama Cascabel y, de todos los perros que he conocido en el parque, es el que mejor juega conmigo. Es pequeño, más pequeño que yo, lleno de pelos largos que se le manchan mucho, y tiene tantas ganas de jugar como yo. La mamá de Cascabel, que es un poco vieja, habla con mamá mientras nosotros nos chupeteamos los morros y nos olemos el culo. Y luego, cuando mamá dice que ya nos vamos, la mamá de Cascabel sigue contándole cosas y nosotros volvemos a empezar. Es bueno tener amigos.

Diario de Pepín. Día 28

Hoy me sacaron una foto en la plaza. Casi todos los días veo allí perros repetidos y gente repetida. Hoy volví a ver una perra blanca y negra, dos o tres veces más grande que yo y a su mamá, que es más joven que otras mamás. Primero nos acercamos nosotros, los perros; nos olimos el morro y dimos un par de vueltas más oliéndonos el culo. Mamá solo dijo de la otra perra que tenía un pelo muy bonito, pero la otra mamá se agachó para acariciarme diciendo que era como un peluche; se lo decía a alguien por el teléfono a la vez que nosotros nos hacíamos un barullo con las correas y ella, venga abrazarme y decirme que yo era una cosa muy bonita. Luego ya, cuando habíamos disfrutado un poco, la mamá joven se levantó de donde yo estaba y le dijo a quien hablaba con ella que iba a sacarme una foto para que viera que yo era como un muñeco.

Cuando ya llegábamos a casa, nos silbó en la calle el chico de la gorra y lo esperamos muy contentos, mamá y yo. Estuvimos dando otra vuelta, ellos se paraban a charlar y yo aprovechaba a olisquear alrededor de ellos, aunque, cada nada, los que pasaban nos interrumpían, todos a querer mirarme y a decirme cosas. El mejor rato fue cuando el chico de la gorra y yo nos echamos unas carreras por la acera; él me llevaba de la correa, pero sin tirar, y me jaleaba “¡vamos, vamos, vamos!” y yo corría como sin conocimiento, y siempre lo alcancé. Me gusta tener un hermano mayor como el chico de la gorra.

Diario de Pepín. Día 27

Mamá no quería subirme a la cama. Me acarició en la alfombra y apagó la luz y, cuando yo me empiné para que me subiera, me acarició otro poco pero no me subió. Yo insistí más y entonces ella volvió a decirme eso de portarme bien y ya, entonces, sí. Sofía llegó un momento después y se colocó a los pies de la cama, en una esquina. Yo no moví ni pata ni oreja, ni se me ocurrió. Hasta mamá se incorporó un momento para saber si seguía allí.

Dice mamá que aprende mucho conmigo. No sé. Dice que, además de aprender cómo funciona la mente de los perros, y así se adelanta a mis fechorías, está aprendiendo a sosegarse y a tener paciencia. Dice que, cuando salimos a la calle, no podemos ir con prisas porque yo me paro en todas partes y que más vale mentalizarse de que el tiempo es una cosa y  las prisas, otra. Ella lo dice pero yo veo que, a veces, le cuesta.