De botica

Abrió el cajón de arriba en el mueble de la cocina y sacó dos blísters plateados. Apretó sobre cada uno de ellos y sobre la encimera de granito cayeron dos cápsulas desiguales y pulidas, de colores llamativos. Llenó un vaso con agua del grifo y bebió hasta la mitad para tragarlas. Luego, volvió al cajón de la cocina, todavía abierto, y rebuscó hasta el fondo. Sacó un frasco de plástico blanco, abrió la tapa blanca y dejó sobre la palma de su mano derecha un comprimido blanco también. Lo lanzó al fondo de la boca y bebió el medio vaso de agua que quedaba. “Todo controlado”, pensó “Todas mis enfermedades a raya”.

Entonces volvió al dormitorio y cogió el teléfono móvil; encendió la pantalla y buscó la función de teclado. Marcó un único número durante unos instantes y se lo acercó a la oreja. Unos segundos después dijo en voz alta: “Buenos días. Tú eres mi píldora para el alma”. Y sonrió.

Limosna

Dijo “Buenos días” sin esperar respuesta. Como cada día, en la entrada del supermercado; apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos, la misma cazadora y la misma gorra. Decía “buenos días” porque los clientes no reparaban ya en el bulto junto a la puerta y aquel saludo amable y poco comprometido le hacía visible de nuevo.

Me acostumbré a verle allí, y a comprarle alguna cosa para comer a la vez que compraba para mí. Tardé meses en preguntarle si tenía niños para comprarles dulces o chocolate, pero no me atreví a preguntarle si también le gustaban a él, como si no tuviera derecho a comer más que lo imprescindible. Ni me atreví a preguntarle si comía cerdo o se lo prohibía su religión y me limité  a evitar comprar nada que pudiera comprometerlo. Tampoco me atreví nunca a preguntarle cómo se llamaba, porque no me sentía con derecho a invadir su intimidad, y porque tenía miedo de que aquel chico se hiciera demasiado concreto para mí, y me remordiera demasiado la conciencia por dejar que las cosas pasaran de aquella manera. Porque ni siquiera me atrevía a mirarle a los ojos cuando, a la salida, le tendía lo que hubiera comprado para él, tanta era la vergüenza que yo sentía.