Llueve

Jarreaba agua detrás de los cristales. Miró abajo,  a la calle desierta y ahogada; sólo una chica corría protegiendo inútilmente su cabeza bajo un portafolios. Por la esquina atravesó la calle una figura desdibujada por la cortina de agua, chapoteando a cada paso, sin prisa ya, vencida por el aguacero. Y nadie más. La ciudad de cemento y ladrillos se dejaba lavar violentamente y la suciedad anegaba las alcantarillas.

Bajó sin paraguas y sin el gorro para el agua que colgaba en el perchero. Bajó deprisa, antes de que descampara, poniéndose la gabardina por las escaleras. Llegó a la plaza y se colocó en medio, los brazos abiertos y la cara hacia arriba. La lluvia le golpeó el rostro con fuerza y cerró los ojos. Sintió que el chorreo le arrancaba la corteza oscura que la estaba asfixiando y pudo por fin respirar. Al momento empezó a caer ya una lluvia fina, abrió los ojos y se retiró el cabello pegado a la cara.

Empezó a salir el sol.

Conformidad

Se conformó.

Se conformó con lágrimas cuando supo ver que aquello tenía fecha de caducidad.

Se conformó con angustia cuando recorrió el camino hasta el final previsible.

Se conformó con sosiego cuando tiempo después le vio salir de casa, volviéndose a cada momento para no irse del todo.

Y se conformó, sobre todo, porque siempre le quedaría el mes de abril. Y saberse una fugaz sonrisa en la vida de él.

Y ser una sonrisa, aun siendo fugaz, en la vida de aquel hombre, siempre sería algo extraordinario.