A oscuras

No necesitó mirar el reloj para saber que ya era hora de dejarlo. Eran muchos días trabajando con el mismo ritmo, o con la misma falta de ritmo, como para no saber cuándo era el momento de acabar.

Cerró la puerta y el sonido de la llave dentro de la cerradura volvió a parecerle violento e íntimo. Caminó por la acera esquivando a la gente, las manos en los bolsillos y la cabeza un poco baja. No tuvo que saludar a nadie, y nadie le saludó a él. Al llegar a casa encendió la lámpara del recibidor, dejó el abrigo en el perchero y bajó la persiana del salón. Una por una, bajó todas las persianas menos la de la cocina. Desde allí, a oscuras para que no lo vieran a él, podía ver la sala de ensayo de la Escuela de Danza. Cuatro veces por semana, se acodaba en el alféizar de la ventana y observaba detenidamente a los estudiantes; les veía rodar por el suelo  en lo que intentaba ser un gesto elegante, o dar saltitos  como aves zancudas en la diagonal de la sala. Los miraba pacientemente porque en el ángulo libre estaba ella, observando y corrigiendo. Los miraba esperando el momento en el que ella avanzara hasta el centro, con su cuerpo menudo y recto, los brazos arqueados y  sus pasitos cortos. Los demás se apartaban un poco para dejarle espacio, como en un corro infantil, y entonces ella juntaba los talones y se estiraba un poco más, separaba un poquito sus brazos de paréntesis y se elevaba sobre sus zapatillas de ballet, en un gesto de equilibrio que parecería imposible si no fuera ella. Y él la veía girar sobre la punta de sus pies, como si fuera etérea. Y en ese momento, cuatro noches a la semana, él era el hombre más feliz del mundo.