El lugar que ocupas

Soñó una mujer sin rostro de la que enamorarse y salió a buscarla entre la gente de las plazas, en los bancos de los parques, en los rincones de los cafés donde se esconde la gente solitaria. Todas las mujeres con las que se topaba tenían ojos, y cejas y boca, y ninguna, nunca, salió a su encuentro con un rostro vacío que, paradójicamente, él pudiera identificar. Por eso no la reconoció cuando se cruzó con ella la primera vez ni cuando, un tiempo después, sus conversaciones fueron una rutina necesaria; no  la reconoció cuando se saludaban con un beso en la mejilla, ni cuando el recuerdo de ella se le colaba en la mente sin avisar. No la reconoció porque él esperaba encontrarla algún día y ella llevaba ya mucho tiempo allí.