Como un pescado

A nadie le extrañó. Tenía los párpados sin pestañas y los ojos acuosos como los pescados, y, si te daba la mano, te quedaba en la piel un tacto frío y viscoso y casi la dejabas resbalar y caer, como los peces recién sacados del agua. Nunca demostró sangre caliente en las venas, su familia y sus empleados sabían lo distante que podía ser, su falta de empatía y su capacidad para humillar sin inmutarse; sus amigos, no, porque, simplemente, nunca los tuvo. Por eso, a nadie le extrañó que apareciera en la playa una madrugada, después de varios días desaparecido, boca arriba y con la barriga hinchada como los peces muertos y con un arpón de pescar atunes clavado en el corazón. Que, mira por donde,  resulta que corazón si tenía.

Amigos

En la escuela había un muchacho cojitranco que, como suele ocurrir, dio en ser el blanco de los ataques de los más cerriles. Una de las veces yo fui testigo de los abusos, le increpaban, valentones por ser mayoría y sentirse más fuertes, y se reían de él imitando su cojera. Yo tuve miedo, hubiera deseado ser transparente en esos momentos, tuve miedo de que le dejaran a él y empezaran a reírse de mí, y tuve miedo, también, de que llegaran a las manos conmigo si intentaba defenderlo. Entonces y ahora sé que el miedo fue lo que me inmovilizó como una estatua de sal, supongo que yo era tan poco importante para ellos que ni siquiera me tuvieron en cuenta, y él no reclamó mi ayuda. Cuando se marcharon me acerqué y le ofrecí compartir mi merienda, y este gesto, amistoso pero cobarde, fue suficiente para que me mirara como si yo fuera su salvador.

Esta escena se quedó grabada en mi memoria toda la vida, el deseo de humillar de ellos, su soledad resignada y mi cobardía. Durante años, a partir de entonces, nos sentamos como compañeros en el mismo pupitre y nos seguimos viendo como amigos después, cuando nos fuimos los dos a la ciudad para estudiar carreras diferentes, y, cada día, desde entonces, no he podido quitarme ese sabor amargo, la conciencia de no saberme digno de su amistad.

(De las memorias de Ismael Blanco)

El hotelito

El hotelito ardió como una tea cuando llevaba abierto casi dos años y el dueño, que lo  compró recién reformado sin saber que antes había sido una casa de putas, estaba totalmente arruinado. Lo sospechó después, cuando los clientes empezaron a anular las reservas al poco de llegar, quejándose de un penetrante olor  a chicle y desinfectante que parecía desprenderse de las paredes, o cuando un joven matrimonio le comentó que su hijo de pocos años estaba aterrorizado por los golpes y los gritos que llegaban de la habitación de al lado y que, sin embargo, estaba vacía y ellos mismos habrían jurado que oían a un hombre jadear, o cuando una embarazada que vomitaba con todos los olores le explicó que no podía entrar en su habitación porque tenía un olor soso como el semen. Al fin lo supo con certeza  una mañana en que llegó una joven con el acento áspero de los países del este y la mirada más triste que nunca pudo imaginar en unos enormes ojos del color de la miel y le contó que ella había vivido allí engañada y contra su voluntad hasta que una noche en la que no le quedaba nada más que perder, decidió arriesgar su vida y acudir a la policía.

Y supo también entonces que no cabía más dolor ni más amargura entre aquellas paredes disfrazadas tan grotescamente de hotelito rural y,  a sabiendas de que el seguro se echaría para atrás, le entregó a la muchacha el barril de gasolina y, agarrados de la mano, encendieron la cerilla entre los dos.

De cuando niño

Los fines de semana mi padre era más mío, si cabe, que el resto de los días. Recuerdo que solía hacer pan en casa. Yo apoyaba los brazos en la mesa de la cocina y asentaba la barbilla sobre ellos para no perderme ni un detalle, me gustaba verle hundiendo los dedos, aquellos dedos tan largos, en la masa redonda y espolvorear harina por encima. Sin decirnos nada, llegaba un momento, al final, en el que mi padre, como si de pronto se diera cuenta de que yo estaba allí, me miraba, me sonreía y, con una mirada cómplice, moviendo levemente la cabeza, me invitaba a amasar yo también. Yo me afanaba, casi tenía que empinarme para llegar bien, y él me dejaba hacer unos minutos, hasta que yo me miraba las dos manos, abiertas y pringadas de masa y él me ayudaba a quitármela de los dedos.

Mi padre hacía y decía cosas que los padres de los demás nunca habrían imaginado siquiera y yo viví aquellos años como si fuera el dueño de un secreto que sólo él y yo conocíamos. Después, durante toda mi vida después de aquellos domingos de panadero, cada vez que parto un trozo de pan reciente, vuelvo a tener 8 o 9 años y mi padre sigue siendo más mi padre que nunca,  incluso ahora, que ya no está.

(De las memorias de Ismael Blanco)

De restaurante

El hombre enganchó la servilleta en la abertura de la camisa y se cubrió la panza con ella mientras la mujer joven brujuleaba constantemente vigilando al niño, haciéndole preguntas que ella misma se respondía, y el crío correteaba por el salón dando brinquitos y acercándose con ojos como platos a los comensales de otras mesas. Con ellos había entrado una mujer anciana, menuda, encorvada y sarmentosa que escogió sentarse lo más alejada que pudo de la silla destinada al niño.

Cuando el camarero trajo los platos el hombre alisó la servilleta y acercó la barriga un poco más al borde de la mesa, la mujer reconvino al niño, que se hizo el loco y no se acercó siquiera, y la anciana miró al plato, al camarero y a los demás clientes, por ese orden y, como si le hubieran dado permiso para empezar, culeó un poco en la silla para centrarse con el plato y se aprestó a comer sin levantar la vista.

A los postres, el hombre mostraba una animosa cara de satisfacción y varios chorretes sobre la servilleta, la mujer se había levantado ya dos veces en busca del crío y éste había hecho varias incursiones en las mesas vecinas, donde los clientes lo miraban a él y a su alrededor con la sospecha de que fuera huérfano.

Cuando el niño soltó en un rincón del salón el ratón de cuerda la algarabía se extendió como una ola, los gritos y las pataletas lo invadieron todo e incluso alguna mujer se subió a una silla escapando del peligro y algún hombre se agarró al respaldo de otra sin decidirse entre el miedo y la vergüenza. Todo fue un disloque, todos gritaban porque los demás lo hacían, todos, menos la abuela sorda, que no había levantado los ojos del trozo de pastel.

Ola de calor

Una gota de sudor resbaló por su sien izquierda haciéndole cosquillas. Sabía que tenía la frente cubierta de diminutas cabecitas de alfileres líquidos y no podía menos de pasarse la mano por la frente e, irremediablemente, mirar el agua que se pegaba a los dedos  un segundo antes de secarlos en el pantalón. Y, de nuevo, otra vez a sudar y otra vez a limpiarse el sudor y a mirar la mano mojada, como si fuera la primera vez. Con todo, el agobio llegaba cuando sentía las rodillas húmedas, hay partes del cuerpo que no están preparadas para estas cosas, que suden los sobacos, la cara, la espalda, las ingles o las corvas, bien está, pero que suden las rodillas es la quintaesencia del sudor, el no va más. Ahora mismo, sendos goterones dibujaban un sendero de agua delante de sus orejas y las cejas estaban ya a punto de desbordarse, y, para colmo, las rodillas empezaban a rezumar humedad.

Se dio cuenta entonces de que, si no acababa pronto la negociación, ya no tendría fuerzas para mantener su postura, y ellos lo sabían, porque allí dentro, con el aire acondicionado veinticuatro horas, nadie notaba la ola de calor.

Casados

Se habían casado muy jóvenes y ninguno de los dos supo nunca en qué momento  habían empezado a vivir uno contra otro. Cuando él murió ella se quedó sin nadie a quien responder malhumorada, sin nadie a quien dejar de escuchar para hacerle de menos, sin nadie a quien hacer callar constantemente,  sin nadie a quien organizarle el tiempo y las comidas y las mudas. Cuando él murió ella sollozó preguntando: ¿por qué me has dejado aquí? Y también le culpó de su muerte a destiempo.

Decidida a llevarle la contraria una vez más se murió apenas volvieron del entierro, que él nunca había sido capaz de nada en la vida si ella no iba detrás rematando la faena.

Los amigos de Ángela

Ángela, Cristina, Juanito -solo su madre le llamaba Jean Claude porque seguía  soñando con un actor de cine del que se enamoriscó el verano en que conoció al padre de Juanito, que, aunque no se parecía en nada a su ídolo peliculero, acertó a estar en el sitio adecuado y en el preciso instante en el que ella tuvo un subidón de hormonas, dejándola embarazada- y Mario habían hecho una especie de clan como sin querer, que es como se hacen definitivas las cosas, de modo que se juntaban, ellos solos, a jugar por las tardes, casi siempre en la casa de Ángela  porque la experiencia, aunque escasa aún, les había enseñado ya que no convenía llevarle la contraria (cuando esto había sucedido -pocas veces, la verdad-, a Angelita los morros le duraban semanas y no era agradable jugar con una morronga, que, casualmente, era la dueña de la mayoría de los juguetes).

Sin hablarlo siquiera, los cuatro se habían dado cuenta del efecto que estas reuniones tenían entre los chicos del barrio (pobres chicos que siempre jugaban con juguetes prestados) de modo que los cuatro habían visto que invitar a participar a alguno de ellos –no cada día, ni cada día al mismo- les daba poder sobre todos ellos.

Lo mejor eran las tardes de Monopoly, Ángela desplegaba el juego en el suelo y miraba de reojo hacia los ventanales, mientras los chicos del pueblo, unos por curiosidad, otros porque esperaban la ansiada invitación para distinguirse, pegaban sus narices contra los cristales. Antes de empezar a comprar edificios cualquiera de los cuatro del clan salía hasta la calle, miraba y remiraba a los mirones como si la decisión sobre la elección dependiera del último momento e invitaba a entrar con un cierto distanciamiento, como por caridad, a alguno de ellos. Al terminar, sintiéndose propietarios de un mundo real, salían a comentarle a los otros el devenir de la tarde: ellos cuatro, más ricos cada vez, y el invitado, soñando por un día con esa misma riqueza que mañana ya no tendría y sumiso y agradecido por haberle dejado formar parte de un club tan selecto.

Así pasaron los meses, llegó el verano sofocante y los juegos exclusivos siguieron siendo motivo de discordia y de miradas por encima del hombro, y hasta los chicos del clan se habían vuelto un poquito más insolentes y los muchachos del pueblo, en injusta correspondencia, se habían mermado un poquito más. En un día de sol implacable, de esos en los que los pájaros se caen desplomados de los árboles, el más pobretón de los que aplastaban su nariz contra los cristales de la casa de Ángela recordó que algunos años atrás dedicaba los veranos a leer y recordó que entonces era más feliz y, en medio de la calentura, a punto ya de perder el sentido, abrió la boca lo justito como para decir en voz alta, y que todos oyeron, que estaba harto de aquella espera, de aquella tacañería y de aquella humillación. Se largó a la biblioteca y en los días siguientes se dedicó a contarles a los otros las cosas maravillosas que leía en los libros y cómo en la biblioteca dejaban entrar a todos, con tal de que fueran respetuosos, y como había leído en un libro de Filosofía griega que era más importante saber que tener. Al cabo de una semana, Ángela y sus amigos, que seguían jugando al Monopoly, se aburrían como monas mientras miraban disimuladamente hacia los ventanales, ahora desocupados, y, solo algún día después, discutían entre ellos sobre quién era el culpable de aquel abandono. Jugar a ricos no tuvo ya para ellos ningún interés pues, sabido es que, sin pobres, no hay caridad posible y que no se puede presumir de riqueza con quien no sufre del pecado de la envidia.

Depresión

El hombre apenas levantaba la vista de la mesa mientras empezaba a explicar, cabizbajo y dubitativo, el motivo de la consulta. El médico, acostumbrado a valorar a primera vista antes de poner la mano encima  a todo el que entraba por la puerta no tuvo ninguna duda, aquel paciente tenía una depresión y lo estaba pasando mal. Cuando el hombre le informó de que iba a la consulta porque le había picado un mosquito en la pierna, el médico lo justificó pensando que, sin duda, su depresión deformaba el sentido de enfermo y enfermedad y, pasando del sarpullido le espetó:

-¿Tiene usted algún tratamiento psiquiátrico? El hombre reaccionó con un ataque de pánico, abrió los ojos como platos, se le paralizaron las manos y levantó la voz para decir: “Nooo, no, ¿cómo dice usted eso?”.

El médico no estaba dispuesto a retroceder y afinó un poco más.

-¿No tiene un tratamiento antidepresivo?

El hombre se revolvió en la silla sin entender nada.

-No, no, claro que no, yo no estoy deprimido, a mí me ha picado un mosquito… ¿me ve usted deprimido? A lo mejor tenía que ir… Bueno, es verdad que en mi casa me dicen que soy un cascarrabias…

El médico se animó.

-¿Y lo es usted? ¿Es usted cascarrabias?

-Pues, sí, sí, sí que lo soy, la verdad. Bueno, y, ahora que usted lo dice, la verdad es que siempre veo todo  negro, la botella medio vacía, ya sabe…

-¡Vamos –terció el médico para aligerar un poco- que no está usted deprimido, que usted es así de siempre!

El hombre recapacitó y, por primera vez, un brillo tenue, pero brillo al fin y al cabo, le iluminó la mirada.

-Pues, quizás, sí, porque, ¿sabe usted? –dijo-, en el colegio todos me llamaba Calimero…

La risotada que soltó el médico le arrastró y se rió también, con menos fuerza que él, sí, pero alejándose un poquito del pollito Calimero.