Cojos

Él cojea de la pierna izquierda. El dolor empezó poco a poco pero sin ánimo de parar y, ante lo irreversible de la situación, decidió apoyarse en un bastón. Y así anda en los últimos tiempos, que si éste es endeble, que si éste hay que cortarlo porque voy colgado de él, que si en éste me resbala la empuñadura y me voy a caer por su culpa…
Ella renquea de la pierna derecha. Acostumbrada después de tantos años, ni siquiera se da cuenta de que la mayoría de la gente camina sin ese balanceo que ella ya tiene asumido como propio; se ha negado siempre a usar bastón y así seguirá mientras pueda, cojitranca.

Ni siquiera me di cuenta de que eran ellos hasta que les tuve a la altura de mis narices, no les conocí porque no les anunció en la distancia el bamboleo de costumbre; no supe ver desde lejos que los dos cojitos iban de la mano y se bastoneaban uno al otro para no caer. Y se miraban sonriendo.

Sólo cenizas

Sólo cenizas; de ti no quedan ya más que cenizas. Miro la urna y la siento extraña entre las manos, tiemblo como la primera vez que te acercaste a mí con aquella mirada…, como tantas veces en tantos años… Estoy llorando, sin aspavientos, se me inundan las mejillas de lágrimas… Ya lo he decidido, viajaré hasta el mar, hasta el mismo hotel donde pasamos la luna de miel, a la misma playa, y lanzaré al viento tus cenizas para que ya no quede nada de ti sobre la tierra. Y me marcharé hacia mi vida sin mirar atrás. Y dejaré de odiarte.

La visita

Callejeo sola por las calles del pueblo, angostas y, a trozos, empedradas; la primavera ha hecho florecer los geranios que se amontonan en las fachadas de algunas casas, en latas oxidadas o en macetas de barro, y un aire fresco me toca la espalda desde la sombra interior de algunas puertas entreabiertas. Todo está en silencio, inundado por un sol que apenas calienta aún, los perros observan sin ladrar, ignorantes de unos pasos nuevos, y algún gato atraviesa displicente y mirando de reojo, sin demostrar interés. Unos y otros me hacen pensar que camino sola pero no estoy sola allí;  en alguna parte, en el campo y en las casas debe haber hombres y mujeres que se afanan en vivir para adentro, ajenos a mí. Un gorgoteo creciente me guía hasta una higuera como de carbón, que reverdece en estallidos de hojas junto al pilón de piedra, mientras el agua escapa por el aliviadero mojando el suelo terroso. Cuando me inclino para mojarme las manos me parece oír una voz masculina, una voz sin palabras que, poco a poco, voy separando del murmullo de la fuente, hasta reconocer una conversación. El  hombre, joven por el tono de su voz, debe estar hablando por teléfono, porque no se escucha a nadie más allí y él entrecorta su discurso y responde a los silencios. Parece estar cerrando una cita de trabajo con alguien, una mujer, y tratarse de una gestión ya repetida, a juzgar por el tono cómplice y cordial que utiliza. Mientras me alejo le oigo a duras penas confirmar una hora para la visita y luego ya nada más; el peso de su mirada en mi espalda y el sonido apagado de mis pasos.

El Greco

Exactamente a la hora prevista alguien empuja la puerta y todos nos volvemos para ver al Caballero de la mano en el pecho entrando en la sala;  el porte serio y distante, ensayado sin duda, la mirada franca, transparente y profunda a la vez, y una espalda levemente enhiesta que permite mantener una distancia de seguridad entre él y los demás. Si al tercer Marqués de Montemayor le recortamos un poquito la pelambrera que le adorna la cara, le quitamos el cuello y los puños alechugados y le cambiamos el estoque por un arma más acorde con estos tiempos, como es el portadocumentos, bien podríamos pensar que el modelo de El Greco ha traspasado la barrera del tiempo y lo tenemos delante, trabajando en una consultora, sesudo él, acartonado en la expresión y en los gestos, dispuesto a asesorar a inquietos empresarios que temen aventurarse en el mundo de los negocios.

Barricadas

Con tanto esfuerzo había levantado las barricadas, con tanta meticulosidad… las vigilaba tan de cerca para que no quedara un resquicio por donde pudiera infiltrarse el enemigo, que no te vi llegar, no me di cuenta de cómo las ibas desmontando detrás de mí, de cómo las derribabas, hasta que me vi libre en medio de la calle, en medio de mi vida. Y entonces decidí caminar contigo.

Libros

Paseó la vista por la librería, quedamente, recreándose en cada estante, torciendo un poco el cuello para leer en silencio cada título; incluso acarició con la punta de los dedos el lomo despellejado de algunos libros y las esquinas rizadas por el manoseo en los de bolsillo… Cerró los ojos y escogió un libro a ciegas, dejándose llevar por la casualidad o el destino, según se mire, y, como siempre, se fue a la última página, para leer desde el último punto y así dejarse arrastrar por el texto, como las olas tiran del cuerpo hacia mar adentro con cabos invisibles e irremediables. En la última página, escrito a mano con estilográfica, podía leerse “¿Quién eres…? Un enigma…una realidad…una promesa…un sueño…un deseo…todo eso, y más”.

Pasó la mano por la hoja, como alisándola, y cerró el libro con cuidado, como se arropa a un niño en su cama, se acercó el libro al pecho en un abrazo íntimo y respiró hondo. Y supo que ya no sería posible dejar de vivir aquella historia.

Punto de mira.

A esas horas la plaza aparece desierta, parece imbuida de un extraño sopor, aquietada y gris. Desde detrás del cristal de la pizzería, mientras espero, veo al hombre que sale al balcón y comienza a tender ropa en las cuerdas que atraviesan la fachada; debe tener unos cincuenta años, con gafas oscuras desde donde yo las veo, y vestido enteramente sin color. Tiende unas sábanas de matrimonio, de un único color apastelado, y con unos encogidos en la zona del embozo donde los bordados tiran de la tela húmeda. Pienso si el hombre tenderá la ropa porque vive solo, no es la primera vez que lo hace, a juzgar por la soltura y la destreza que impide que la ropa se le caiga, y me sorprendo a mí misma pensando en esta división de tareas entre hombres y mujeres, e, inmediatamente, pienso que, si no hay ahora una mujer, la ha habido en otra época, pues la sábana bordada sin duda es parte de un ajuar, no es una sábana que un hombre vaya a comprar por un estricto sentido de utilidad. Tiende también la sábana bajera y unas toallas tan mortecinas como aquella y después la ropa de trabajo, oscura y rígida aun estando mojada. El hombre entra en la casa y sale de nuevo al balcón con un barreño lleno; sujeta la pieza con una pinza y cuando la extiende para colocar la otra me parece reconocer  un camisón, una camisa de dormir, más bien, sin forma ni detalles. Pienso entonces que quizás, sí; quizás haya una mujer en la casa, una mujer probablemente enferma, que no mancha la ropa de vestir porque permanece en la cama y por eso no es necesario lavar sus jerseys o sus pantalones o sus faldas, y solo la ropa de dormir requiere ese cuidado; una mujer enferma o impedida que, por ese mismo motivo, no puede salir ella misma al balcón a tender la colada. El hombre sigue tendiendo alguna camiseta masculina, tres o cuatro calzoncillos y dos sujetadores. Sí, en alguna parte de la casa debe haber una mujer.

El camarero llega con la pizza y me avisa de que el plato quema. Cuando alzo de nuevo la vista hacia el balcón el hombre ya no está. La puerta hacia la casa continúa abierta, lo que me anima a seguir observando, pero nada cambia ya, la ropa permanece expuesta en la calle, en un gesto impúdico y desvalido que me lleva a sentir un atisbo de vergüenza por ellos, por el hombre real y por la mujer imaginada.